Ya lo habrán adivinado: se trata de la espiral, ese minúsculo muelle en espiral, tan fino como un cabello, que garantiza con sus pulsaciones la regularidad del movimiento de un reloj. La célebre espiral es una auténtica espiral de Arquímedes, enrollada en el plano horizontal en 12 a 15 vueltas equidistantes, de un grosor aproximado de 0,03 mm. Acoplado al volante, este muelle gira en un sentido y luego en el otro: oscila alrededor de su posición de equilibrio. La regularidad de esta «respiración», es decir, el isocronismo de sus oscilaciones, permite medir con precisión y fiabilidad el transcurso del tiempo (véase Tangente 179).
La espiral de un reloj