Las matemáticas son sin duda uno de los ejemplos más llamativos de la discontinuidad cognitiva entre los humanos y los demás animales. En efecto, ¿qué hay más abstracto que manipular símbolos matemáticos? Sin embargo, las capacidades de razonamiento matemático, aunque se adquieren mediante la educación y la transmisión cultural, se basan en un conjunto de competencias matemáticas preescolares de origen biológico, compartidas, entre otros, con los primates no humanos. Los chimpancés pueden, en efecto, contar y ordenar pequeñas cantidades, resolver problemas aritméticos sencillos basados en sumas y restas, y asociar símbolos como las cifras arábigas a cantidades. Estas facultades podrían considerarse, por tanto, las raíces biológicas de nuestras matemáticas.
Dado el gran valor adaptativo de la capacidad de contar en situaciones tan diversas como elegir una cantidad de alimento, evaluar la relación de fuerzas entre grupos sociales según su tamaño, orientarse en el entorno o reconocer objetos, quizá no resulte sorprendente encontrar esta capacidad en numerosas especies de vertebrados, desde los peces hasta los mamíferos, pasando por las aves. Solo los reptiles parecen carecer de ella. Es cierto que, en proporción a su tamaño, su cerebro es bastante pequeño, pero hay que reconocer que a los investigadores no les resulta fácil motivar a una serpiente o a un cocodrilo para que muestre sus capacidades intelectuales. En cambio, saber que incluso los insectos pueden evaluar cantidades quizá sorprenda más, aunque solo sea por su cerebro minúsculo —sí, los insectos tienen cerebro— y, por supuesto, por su distancia evolutiva respecto de los humanos. Ahora bien, algunas especies de hormigas pueden contar sus pasos para evaluar distancias o basarse en un número de referencias visuales; también se muestran más agresivas si, en caso de conflicto, pertenecen a un grupo más numeroso. Los tenebrios se sienten atraídos por un sustrato que huele a un mayor número de hembras; los abejorros pueden evaluar el nivel de competencia según el número de otros abejorros que visitan una fuente de alimento, y los grillos huyen más fácilmente hacia una zona con un mayor número de refugios potenciales. Más allá de los insectos, las arañas también son capaces de memorizar el número de presas atrapadas en su telaraña, y las sepias de elegir cazar el banco con más gambas.
El interés de estudiar a las abejas
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Pero ¿son realmente estos ejemplos pruebas de un «sentido del número», es decir, de la capacidad de reconocer una cantidad precisa de objetos con independencia de otros parámetros físicos vinculados a las cantidades, como la densidad, la superficie acumulada o la cantidad de movimiento? Para comprobar la existencia de un verdadero sentido abstracto del número, como el nuestro, es necesario recurrir a procedimientos experimentales controlados. Las capacidades de las abejas se han estudiado especialmente en los últimos años. ¿Por qué las abejas? Por tres razones principales.
En primer lugar, el comportamiento de pecoreo de las abejas exige buenas capacidades de aprendizaje, lo que las convierte en un modelo ideal para estudiar todas las formas de inteligencia. Las abejas deben ser capaces de aprender a reconocer las flores de interés entre todas las opciones disponibles, memorizar dónde encontrarlas y a qué hora del día producen néctar, pero también orientarse en el entorno, pues encontrar de nuevo su colmena, situada a menudo a varios kilómetros de las flores explotadas, ¡equivale a buscar una aguja en un pajar!