El décimo relato del Libro de arena (Gallimard, 1983) —una simple «anécdota», según el narrador, que sin duda es el propio Borges— transcurre en 1970, en Estados Unidos, dentro de la Universidad de Texas. Presenta a dos profesores: Ezra Winthrop, bostoniano de origen, y Éric Einarsson, «el Islandés», que acaba de conseguir su primer puesto. Se menciona a un tercer hombre: Herbert Locke, colega de Winthrop. Al comenzar los acontecimientos, Winthrop debe designar a su propio sucesor, es decir, al conferenciante que participará en el próximo congreso universitario de germanistas, que se celebrará en Wisconsin. En el departamento universitario donde enseña solo conoce a dos candidatos posibles: Einarsson y Locke.
Dilema, azar y necesidad ----------------------------
Winthrop debe elegir entre dos profesores de temperamentos opuestos. Intenta decantarse objetivamente, sin tener en cuenta sus preferencias personales. La comparación entre ambos aspirantes le plantea un evidente problema moral: pese a su seriedad y a la considerable ayuda que ha prestado durante unos quince años a Winthrop en la edición de la Gesta de Beowulf, Locke es «taciturno y tímido», mientras que Einarsson es joven, impetuoso y disfruta de la controversia. Además, su edición crítica de Finsburh lo ha situado recientemente en primera línea del mundo académico. Sin duda causaría « mejor impresión en el congreso» que su adversario. Sin embargo, serán otros elementos, aparentemente del todo paradójicos, los que inclinen definitivamente la decisión de Winthrop a favor de Einarsson.
Paradoja: del griego paradoxos, que significa «contrario» (para) «a la opinión común» (doxa), «extraño», «extraordinario». La paradoja puede presentarse de varias formas. Puede tratarse, por ejemplo, de:
• de una proposición que contiene o parece contener una contradicción;
• de un razonamiento que, aunque aparentemente impecable, llega a un absurdo;
• de una situación que contradice la intuición común.
El narrador precisa que «el verdadero protagonista» del asunto es Einarsson. Este decide no confiar su destino al azar: pondrá en marcha un ardid que le asegurará el puesto de conferenciante en el congreso. Fue por casualidad, durante una conversación que tuvo lugar en el Nighthawks el día de su llegada a Nueva York, cuando Einarsson comprendió el mecanismo psicológico del profesor Winthrop.
Este último es un hombre del Norte. Al llegar a Texas, tuvo dificultades para adaptarse a «las costumbres y los prejuicios del Sur». Aquel día, durante la comida, la conversación versó sobre la Guerra de Secesión. Winthrop confió a Einarsson que uno de sus antepasados había combatido en las filas de Henry Halleck, quien fue general del ejército de la Unión. Einarsson concebía este episodio de la historia estadounidense de forma simplista, como una cruzada de los norteños «contra los esclavistas» del Sur. Sin embargo, Winthrop se puso a defender la causa de los sureños, sosteniendo que el Sur tenía derecho a abandonar la Unión.
Elogió el valor de los confederados. Einarsson comprendió de inmediato que Winthrop deseaba ante todo parecer «imparcial». Encarnación arquetípica del hombre del Norte, acababa de defender al Sur para que lo percibieran como un hombre íntegro. Einarsson extrajo dos conclusiones de este primer encuentro:
• axioma cultural: la imparcialidad es una pasión estadounidense;
• axioma conductual: Winthrop está dominado por la pasión de la imparcialidad. Por tanto, actúa siempre de modo que maximice su reputación de imparcialidad.
Sobre estas premisas, Einarsson urdió un plan paradójico: decidió escribir un artículo contra los métodos pedagógicos de Winthrop. Con ello, lo situaba ante una alternativa sencilla: elegir a Locke, el amigo fiel, o a Einarsson, que acababa de atacarlo. Einarsson basó su actuación en el siguiente resultado:
Teorema 1: Si Einarsson critica a Winthrop, será elegido como sucesor.
Demostración por reducción al absurdo: supongamos que Winthrop elige a Locke como conferenciante. Puesto que Einarsson ha escrito un artículo que critica los métodos pedagógicos de Winthrop, este, al descartarlo, daría la impresión de tomar represalias contra su «agresor» y de no ejercer objetivamente su capacidad de decisión. Ello podría disminuir su reputación de imparcialidad. Es absurdo, pues Winthrop actúa de modo que maximice su reputación de imparcialidad. En conclusión, Winthrop elegirá a Einarsson.
Winthrop actuará exactamente como Einarsson había previsto: queriendo mostrarse justo, decidirá enviar a Einarsson a representar a la universidad en el congreso, pese al ataque sufrido a manos del Islandés.
Revelaciones y vanidad ---------------------
La víspera de su partida a Wisconsin, Einarsson fue a casa de Winthrop y le reveló los entresijos del asunto. Su conversación «duró algún tiempo» y se desarrolló en tres etapas.
Primer acto: Einarsson explicó al profesor Winthrop cómo había comprendido el fundamento de las acciones de este último —su deseo de parecer fair play en toda ocasión— y el plan que había concebido para hacerse elegir como conferenciante.
Segundo acto: Winthrop reconoció la pertinencia de las observaciones de Einarsson y confesó, además, haber «cedido a un sentimiento de vanidad» al no mostrarse rencoroso, es decir, al elegir a Einarsson. Después subrayó la semejanza entre ambos comportamientos: al acudir a explicarle su ardid, Einarsson también había incurrido en vanidad.
Tercer acto: Einarsson redobló la apuesta al indicar que los unían no solo la vanidad, sino también la nacionalidad. Esta última proposición encierra un desarrollo sorprendente si recordamos el axioma cultural inicial, según el cual la imparcialidad es una pasión estadounidense. En efecto, Einarsson posee un pasaporte estadounidense. Ahora bien, su comportamiento ha demostrado que no comparte la pasión estadounidense por la imparcialidad. Por tanto, pese a lo que indica su pasaporte, Einarsson no es estadounidense.
Pero entonces, ¿qué define a un «estadounidense», si no es su pasaporte? Siempre se puede responder que un «pasaporte no modifica el carácter de un hombre», pero el problema persiste. Einarsson afirma que es «un ciudadano estadounidense », que su «destino está aquí», en Estados Unidos y no en la «lejana Thule». Por mucho que afirme no ser un «vikingo», su comportamiento no permite considerarlo un individuo animado por una pasión por la imparcialidad. Y él mismo ha indicado que se trata de una pasión estadounidense…
¿Qué concluir de todo ello? Tal vez nos hallemos ante una equivalencia lógica —o una definición— que no tiene en cuenta criterios geográficos ni administrativos: un estadounidense sería alguien que siente pasión por la imparcialidad y, recíprocamente, quien padeciera esa pasión sería estadounidense. Así, un europeo imparcial sería estadounidense, mientras que un ciudadano estadounidense que no compartiera esa misma pasión no lo sería. En estas condiciones, ya no tendríamos un axioma «cultural», sino una tautología: afirmar que la imparcialidad es una pasión estadounidense y considerar estadounidenses únicamente a quienes comparten esa pasión constituye, en efecto, un círculo lógico.
¿Inutilidad de la acción? -----------------------
Surge otro problema: ¿por qué escribe realmente Einarsson el artículo que critica a Winthrop? ¿No ve que Winthrop no puede elegir en ningún caso a Locke, que es amigo suyo, precisamente por esa razón?
Teorema 2: Winthrop no puede elegir a Locke como sucesor.
Demostración por reducción al absurdo: supongamos que Winthrop elige a Locke como sucesor. Como Locke es amigo suyo, Winthrop sería sospechoso de favoritismo, lo que disminuiría su reputación de imparcialidad. Es absurdo, pues Winthrop actúa siempre de modo que maximice su reputación de imparcialidad. En conclusión, Winthrop no elegirá a Locke.
Así pues, tanto si Einarsson escribe su artículo como si no, será elegido. Es poco probable que él mismo no haya extraído esta sencilla deducción. Entonces, ¿por qué escribió el artículo que critica los métodos de enseñanza de Winthrop? Un elemento de respuesta reside en que, al escribirlo, Einarsson se presenta como artífice de su propio destino: podrá atribuir a su acción el mérito de su victoria, como un héroe de una epopeya escandinava. Su vanidad consiste aquí en presentarse como el organizador del acontecimiento, cuando en realidad este era ineluctable. Pues, aunque no hubiera redactado su artículo polémico en la revista Yale Monthly, el mecanismo psicológico de Winthrop lo habría llevado a elegir a Einarsson. Este último, al igual que Winthrop, aparece por tanto como víctima de su propio engaño. El ardid que inventó es en realidad un laberinto en el que se encerró, creyendo quizá encerrar allí a Winthrop.

Laberinto de amor (detalle). Tintoretto y taller, hacia 1552.

Todo patas arriba -------------------
Queda por mencionar un elemento de la vida del autor. El narrador nos ha revelado, desde las primeras líneas del relato, que en 1961 tuvo ocasión de conversar «largamente» con el profesor Winthrop. Ahora bien, la biografía de Borges nos enseña que efectivamente fue contratado como profesor por la Universidad de Texas en Austin en 1961. Mediante una inversión alucinante, fruto de la escritura criptoautobiográfica, ¡el autor se convierte entonces en un elemento ficticio del relato!
Este tejido de elementos reales y ficticios crea una ambigüedad sistemática. El lector se encuentra en una situación de incertidumbre y se ve obligado a buscar un sentido en el menor detalle. Así, ¿es realmente casual que la fecha de este encuentro —«I96I» en el relato—, que por tanto también fue real, pueda leerse tanto al derecho como al revés? Esta simetría reaparece, en efecto, al final de la historia, cuando los dos protagonistas subrayan sus semejanzas y se definen asimismo como dos estadounidenses vanidosos.
Uno de los encantos de este breve relato consiste en incitar a la reflexión mediante juegos de espejos infinitos. Y, para ello, es cierto que bastan dos espejos.
*Este texto recibió el Premio Tangente al mejor artículo de 2020 (véase **Tangente 197**).*
*Las citas proceden de la traducción francesa realizada por Françoise Rosset y revisada por Jean-Pierre Bernès, publicada por Gallimard en 2020 con el título El ardid (en El libro de arena).*