Hoy se conservan numerosas huellas de recuentos realizados por los primeros imperios: en la antigua Mesopotamia, Egipto, Roma, India o China…
Cada una de estas civilizaciones organizó, a su manera, operaciones estadísticas. ¿Qué había que contar? Por un lado, la población, para organizar el reclutamiento militar y los trabajos obligatorios; por otro, los bienes agrícolas o manufacturados, para recaudar impuestos. La aparición de las primeras formas de Estado es, por tanto, inseparable de la necesidad de conocer los territorios y las poblaciones administrados: el saber (estadístico) permite fundamentar el poder (político).
que representa una operación censal.
Más allá de las diferencias administrativas y de los sistemas de numeración, estas investigaciones estadísticas adoptan una forma privilegiada: el «censo», que aspira a la exhaustividad. La palabra nos llega del latín, pues los romanos organizaron varias operaciones (census, «estimación») de recuento de ciudadanos, que permitían contabilizar el total de hombres en edad de portar armas, pero también organizar las asambleas cívicas según los niveles de riqueza constatados.