Como son más sencillos de estudiar y modelizar que el mundo real, los juegos constituyen un terreno predilecto para la investigación en inteligencia artificial. En estos universos cerrados y rigurosamente delimitados, donde las reglas son explícitas y los objetivos inequívocos, resulta más fácil diseñar «jugadores artificiales», es decir, máquinas y programas informáticos capaces de jugar… al ajedrez, a los videojuegos, a los juegos de rol, etc.
Pero ¿qué significa «jugar» para una máquina? Y, por cierto, ¿qué significa «jugar inteligentemente»? Según se conciba el juego como una competición o como una interacción, los objetivos de la inteligencia artificial en este ámbito no serán los mismos. ¿Hay que diseñar máquinas potentes capaces de vencer a los mejores jugadores de ajedrez, o máquinas quizá menos eficaces, pero capaces de interactuar de manera coherente y sensata con el ser humano, como en los juegos de aventura o de rol?
Se distinguen dos orientaciones: una concepción competitiva del juego, en la que el objetivo de la máquina es encontrar estrategias óptimas que permitan resolver un problema racional; hablamos entonces de optimización; y una concepción interactiva, en la que la máquina debe hacerse pasar por otro ser humano, reproducir nuestras vacilaciones y debilidades para comunicarse e interactuar con nosotros de manera creíble; hablamos entonces de simulación.
Robin Lamarche-Perrin es investigador del CNRS, en el Institut des systèmes complexes de Paris.
Optimizar para ganar
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