Algunos juguetes tienen la particularidad de invertir, en apariencia, el sentido de su movimiento inicial. Por ello constituyen maravillosos objetos matemáticos… y analizables (aunque no sin dificultades): el yoyó, que vuelve a subir por su cuerda después de bajar; el bumerán, que regresa hacia quien lo lanza cuando se sabe lanzarlo; la peonza basculante o tippe-top (véase Tangente 182, 2018), que «se vuelca inexplicablemente» al girar; el aro (o hula hoop), que, lanzado lejos con un movimiento de rotación hacia atrás, vuelve hacia quien lo lanzó.
Pero ninguno de estos juguetes presenta un comportamiento tan contrario a la intuición como el anagiro. El físico Arthur Dearth Moore (1895–1989) le dio su nombre «oficial» (del griego ana, «retorno», «reanudación», «hacia atrás», y de gyro, «círculo», «rotación»). También recibe diversas denominaciones, como piedra rebelde, piedra celta o piedra oscilante, barra giratoria, torbellino extraño, rattleback (en inglés) o keltisches Wackelholz («la madera oscilante celta») en alemán.
Tres condiciones que reunir -------------------------
Unos arqueólogos irlandeses habrían (re)descubierto por azar las propiedades del anagiro al observar el inusual movimiento de una piedra de hacha o de una azuela que giraba sobre una mesa, de ahí el nombre de «piedra celta». Estas «piedras» se conocían desde hacía mucho tiempo, pues ya en 1896 Gilbert Thomas Walker (1868–1958) propuso un análisis cualitativo de su comportamiento y señaló que su peculiar movimiento procedía de una «sutil asimetría» de su forma (Journal of Pure and Applied Mathematics 28). El análisis cuantitativo es más delicado: exige tener en cuenta el deslizamiento y la disipación debida al rozamiento. El físico François Graner realizó un análisis de este tipo a partir de estudios físico-dinámicos (en su obra Physique de la vie quotidienne, Springer, 2003). Más recientemente, Alexei Tsygvintsev y su equipo de la École normale supérieure de Lyon han propuesto un estudio matemático muy documentado.