Fue en Tulsa, Oklahoma, el 21 de octubre de 1914, donde nació el hombre al que un día se calificaría como «el mejor amigo que jamás hayan tenido las matemáticas» y de quien se diría que transformó a tantos jóvenes inocentes en profesores de matemáticas y a miles de profesores de matemáticas en jóvenes inocentes.
Hijo de una maestra formada en el método Montessori y de ferviente fe metodista, y de un doctor en geología reconvertido en buscador independiente de petróleo, establecidos en Kentucky (Estados Unidos), Martin Gardner fue, según reconocía él mismo, un niño brillante, pero insuficientemente estimulado intelectualmente en la escuela.
Los años de formación
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Sin los ánimos de su profesor de Física, un tal Sr. E. Hurst, podría haber acabado desarrollando desprecio por las cosas del espíritu. Este lo prepara intelectualmente y lo anima a emprender una carrera científica. El joven Gardner aspira a incorporarse al laboratorio del físico galardonado con el Nobel Robert Andrews Millikan, en el California Institute of Technology. Ahora bien, por entonces nadie podía entrar en Caltech sin haber dedicado antes al menos dos años al estudio de las ciencias.
Para cumplir este requisito de admisión, Gardner se matricula en la Universidad de Chicago, donde el joven y controvertido presidente Robert Maynard Hutchins —incansable defensor del diálogo socrático y de un plan de estudios basado en los «Grandes Libros» (clásicos de la filosofía, la ciencia, la economía y la literatura)— había emprendido una reforma de gran alcance tanto del régimen pedagógico como del funcionamiento de la formación universitaria de grado. Con independencia de su campo de estudio, los estudiantes de grado deben seguir una formación introductoria en física, biología, ciencias sociales y humanidades. Después pueden asistir, como alumnos matriculados o como oyentes, a tantas asignaturas como deseen y en todos los campos del saber.