Si ha entendido la física cuántica, es que se la han explicado mal. Este aforismo, bien conocido en el «mundillo», no se cita aquí para eximir de responsabilidad al autor de estas líneas. Más prosaicamente, refleja los debates y controversias que suscitaron los descubrimientos aparentemente contradictorios del período 1880-1920. Este artículo, por otra parte, sin permitirle comprender la física cuántica —cuatro páginas son evidentemente demasiado pocas para ello—, le permitirá al menos percibir que las cosas son más complejas y más matemáticas de lo que suele creerse.
La dualidad onda-partícula: una historia caótica
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Tomemos dos ejemplos: el fotón y el electrón. Estos dos objetos son a priori muy distintos: el fotón, por ejemplo, no tiene masa, a diferencia del electrón. Si ha cursado la especialidad de Física y Química en el último curso de bachillerato, necesariamente tendrá algunas nociones sobre la cuestión.
Los experimentos indican en el siglo 19.º que la luz posee carácter ondulatorio, patente en los célebres experimentos de difracción por rendijas de Thomas Young (1773-1829), en los que un haz de luz, al pasar por dos rendijas, crea sobre una pantalla situada al fondo la imagen de dos trenes de ondas que se cruzan (interferencia). Este experimento de 1802 fue confirmado espectacularmente por François Arago (1786-1853), y posteriormente presentado desde el punto de vista teórico por James Clerk Maxwell (1831-1879). Hasta 1880, por tanto, el estatuto del fotón está claro: es una onda. El electrón, en cambio, presenta todos los rasgos de una partícula.