¿En qué momentos de la historia los intercambios sociales dentro de un grupo se transformaron en transacciones de carácter económico? El modo de vida de los grupos de cazadores-recolectores, que vivían en una autarquía casi total, probablemente no requería actividades comerciales. Los productos obtenidos mediante trabajo colectivo eran probablemente objeto de un reparto que liberaba a los individuos de toda obligación recíproca y no implicaba ninguna relación de dominación. Los bienes no se comparaban entre sí y solo tenían valor de uso. En cambio, poseían un valor social. El intercambio se complicó cuando las mercancías intercambiadas dejaron de adquirirse para satisfacer una necesidad inmediata y pasaron a adquirirse con vistas a intercambios posteriores, con el fin de obtener otros bienes. En cuanto una mercancía particular se impone, dentro de un grupo, como equivalente general que permite adquirir cualquier otra mercancía, cumple la función de moneda. La propia esencia del sistema monetario la describe Aristóteles en su Ética a Nicómaco:
> «Para equiparar las cosas y los servicios, hace falta una medida común. Esa medida es la moneda; hace conmensurables las cosas más dispares. Sin esta equiparación, no hay intercambio ni sociedad.»
El oro: una elección irracional
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En un primer momento, la «medida común» fue un bien material: hachas —en la Galia, en particular—, sal o, de forma más general, lingotes de metales preciosos. Estos últimos pueden considerarse «referencias» que ponen de manifiesto el carácter multidimensional del sistema monetario, que permite pasar de una unidad de medida de un bien a otra. Cabe preguntarse por la elección casi universal del oro como referencia, aunque haya dejado de servir de garantía. Este metal es razonablemente escaso y lo bastante abundante como para servir de base material de los intercambios. Sus cualidades de inalienabilidad son bien conocidas. Sin embargo, su importancia en la actividad industrial siempre ha sido marginal. Se prescinde más fácilmente del oro que del cobre, el hierro o el aluminio. Su utilidad en orfebrería rebasa el marco de las necesidades reales. La irracionalidad de esta elección quizá tenga más de magia que de realidad objetiva…