Tangente: ¿Cuáles son, para usted, las principales aportaciones de las matemáticas y la informática a su actividad clínica en imagen cerebral? ¿Y a su labor investigadora?**
C.H.: Ante todo, la imagen cerebral no existiría sin la física y, a fortiori, sin las matemáticas. La imagen cerebral comprende la imagen anatómica, que describe la estructura del encéfalo; la imagen de flujo (sanguíneo o de líquido cefalorraquídeo); la imagen metabólica, que estudia componentes bioquímicos (espectroscopia), y la imagen funcional, que elabora mapas de activación cerebral.
Por tanto, es importante modelizar y formalizar la fisiología cerebral, algunas de cuyas propiedades se utilizarán para crear una señal detectable por la máquina. Cabe citar, por ejemplo, las diferencias de absorción tisular de los rayos X en la tomografía computarizada, la relajación del espín de los protones en la RM o la emisión radiactiva en medicina nuclear. Después hay que modelizar cómo la señal física así registrada se transformará en una imagen interpretable por el clínico. Añadamos que esta cadena de cálculo, que va del tejido biológico a su imagen, requiere ordenadores potentes.
Modelización y pruebas estadísticas
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Además, la imagen funcional, que trata de identificar qué regiones del cerebro se activan durante tareas mentales específicas, requiere un tratamiento matemático aún más sofisticado que incluye, por ejemplo, la modelización de la respuesta cerebral espontánea o inducida por estimulaciones experimentales, así como pruebas estadísticas para garantizar la significación de los resultados obtenidos. Así se obtienen mapas de activación cerebral, semejantes a grafos —con zonas del cerebro conectadas funcionalmente que sustentan una tarea mental determinada—, orientados —por la relación causal entre esas regiones— y variables con el tiempo.