No fueron, pues, los equipos que descubrieron las ondas gravitacionales quienes recibieron el premio, sino tres físicos británicos que trabajan en Estados Unidos: David Thouless (profesor emérito de la Universidad de Washington), Duncan Haldane (de la Universidad de Princeton) y Michael Kosterlitz (de la Universidad Brown de Providence), « por los descubrimientos teóricos de las transiciones de fase topológicas y las fases topológicas de la materia ». ¡Con la topología, estamos más cerca de las matemáticas que de la física!
Al estudiar las fases intermedias entre distintos estados de la materia —calificada entonces de exótica—, como cuando el hielo se funde y se transforma en agua, los tres investigadores supieron identificar etapas cruciales en las que determinadas propiedades solo cambian a saltos, un poco como el número de agujeros de las superficies en el espacio: cero agujeros, un agujero, dos agujeros… ¡No puede haber medio agujero!
Eso es lo que el físico sueco Thors Hans Hansson intentó explicar durante la entrega del premio, con los pasteles de su almuerzo: un pretzel, un dónut y un rollo de canela. El primero tiene dos agujeros, el segundo uno solo y el tercero ninguno. La topología, dijo, trata de buscar invariantes —propiedades del espacio que permanecen invariables tras una deformación— sin romper el objeto. Y el «número de agujeros» es uno de esos invariantes…
Más allá de lo anecdótico, estas investigaciones vuelven a mostrar la fuerza con que las matemáticas contribuyen a explicar el mundo.