Las Sept leçons de physique générale, presentadas en Turín en 1833 por Augustin Louis Cauchy, nos ofrecen su visión global del universo. El interés del texto (publicado en 1885) es enorme. El autor se entrega por completo, con todas sus contradicciones. El matemático es un hombre de ciencia, de gran cultura, con un conocimiento casi enciclopédico del estado de los conocimientos en su época. Pero también es profundamente creyente, lo que no hace de él un heredero del Siglo de las Luces. Ya en la primera lección lo proclama: «Siempre en nombre de las Luces se proclaman esas doctrinas que hieren de muerte a la inteligencia o la sumergen en el abismo de la duda universal.» Para el científico, cristiano ante todo, «hay que rechazar sin vacilar toda hipótesis que contradiga las verdades reveladas» (lección 2).
El objeto de la ciencia
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¿Cuál es entonces el objeto de la ciencia? La respuesta es sencilla: «la búsqueda de la verdad» (lección 1). Pero esta búsqueda se limita a las ciencias físicas y matemáticas. Cauchy está convencido de que solo una ínfima parte de la verdad nos es accesible en este mundo. Ciertamente, el ser humano está dotado de inteligencia, pero «todo lo que sus sentidos y su inteligencia le revelan se limita a algunas de las propiedades de las que los seres han sido dotados por el Creador» (lección 2).
A partir de dos ejemplos, las leyes de la gravedad y la teoría de la luz, desarrolla una metodología experimental sorprendentemente moderna, habida cuenta de sus convicciones: «Hay que estudiar primero los hechos, multiplicar las observaciones, tratar de relacionarlas entre sí mediante fórmulas y reconocer así las leyes particulares que rigen una determinada clase de fenómenos.» Pero «muy a menudo las leyes particulares deducidas por los físicos de un gran número de observaciones no son rigurosas, sino aproximadas». Sin embargo, este método notable no puede abarcar todos los ámbitos. Como «no hay hechos más incontestables que aquellos en los que se funda la divinidad del cristianismo», Cauchy rechaza en particular toda idea evolucionista, una hipótesis que, varias décadas antes de Darwin (y de su Origine des espèces, de 1859), ya había formulado Lamarck. Para Cauchy, «la creación del hombre y de los animales no puede ser efecto del azar».