Es bien sabido: los franceses son reacios a todo, incluso a las evaluaciones internacionales, como mostraron los resultados de TIMSS en 2019. Desde entonces, nos preguntamos por los resultados de nuestros jóvenes, penúltimos de la OCDE, por delante de Chile. Conviene precisar ya, por si fuera necesario, que TIMSS, al igual que PISA, sirve para comparar las políticas educativas de distintos países, pero en ningún caso para medir las capacidades intelectuales de los escolares. Por tanto, quienes definen las directrices de los sistemas educativos deben replantearse sus decisiones.
El CNESCO (Centro Nacional de Estudio de los Sistemas Educativos), de cuyos estudios nos hacemos eco regularmente en *Tangente Éducation*, acaba de publicar la primera de una serie de cuatro notas destinadas a comprender los catastróficos resultados de los pequeños franceses en matemáticas. Al comparar los resultados según las categorías sociales de los alumnos que realizaron las pruebas, se observa que los de los alumnos «desfavorecidos» son claramente inferiores a los de los alumnos «favorecidos» (que tampoco son brillantes). Sin embargo, esta diferencia no es significativa —e incluso a veces favorece a los «desfavorecidos»— en la mayor parte de los países de la OCDE. ¿Sería entonces el sistema francés más desigualitario?