Suprimir el bachillerato: argumentos y retos | Tangente
Suprimir el bachillerato
El bachillerato, creado en 1808, fue una referencia académica y social hasta mediados del siglo XX. Ya no desempeña ese papel, devaluado por un nivel en constante descenso y por una tasa de aprobados creciente, pero cada vez más artificial. ¿No habría que pasar a otra cosa?
El bachillerato transmite una historia y unos valores que lo han convertido en una referencia ineludible de la sociedad francesa. Las cosas han cambiado mucho desde su creación, pero está tan arraigado en el imaginario ciudadano que atacarlo suscita reacciones muy intensas.
Sin embargo, hoy va, en varios aspectos, en contra de los principios que le dieron fuerza. Ante todo, obtenerlo ya no significa nada (se inflan las notas para ajustarse a las estadísticas deseadas). Su funcionamiento tiene consecuencias perjudiciales para la pedagogía. Ya no es un pasaporte para la enseñanza superior. Supone un coste cada vez mayor para el Estado y un mes perdido para la formación de los demás alumnos de bachillerato. Por último, y de forma sorprendente, ha desaparecido el carácter igualitario que presidió su creación.
La derrota de la democratización del saber
----------------------------------------------
Durante más de siglo y medio, el bachillerato fue, en efecto, el símbolo de la democratización del saber y la meta última de generaciones enteras, de las que solo una minoría tendría la oportunidad de obtenerlo. Estimulante para la adquisición de conocimientos, llevaba en sí la antorcha de la igualdad de oportunidades: el éxito escolar se unía al éxito social.
Pero la noción de democratización se ha desviado de su sentido. La devaluación no existe solo en economía. Del mismo modo que un billete de banco ya no vale gran cosa en un período de inflación, el título de bachillerato, otorgado al 88%, o incluso a más, de los alumnos de bachillerato, con una exigencia cada vez menor respecto de las capacidades evaluadas, ya no es una referencia. Por culpa de un bachillerato devaluado, la escuela se ha vuelto incapaz de promover el mérito escolar, arrojado por la borda bajo la infamante etiqueta de elitismo.
¿Cómo hemos llegado a que nuestro bachillerato tenga tan poco valor?
Es el resultado perverso de una concepción errónea de la igualdad, que hace rimar esta palabra con nivelación por abajo. El famoso objetivo de que el 80% de una generación obtenga el bachillerato —todavía no alcanzado del todo— se persigue rebajando el nivel de las pruebas, manipulando los baremos y rescatando sin medida durante las comisiones.
Pero, como eso no basta, se cambian las reglas para obtenerlo añadiendo multitud de opciones que solo suman puntos si se superan. Así, en los TPE (trabajos personales tutelados, una de las excelentes iniciativas adoptadas en los últimos años), solo se tienen en cuenta los puntos que superan 10. Un alumno que copia íntegramente su informe de Internet sale adelante, si le descubren, con exactamente el mismo resultado que quien había realizado un trabajo merecedor de la media. Los alumnos, que al fin y al cabo poseen algunas nociones de probabilidad, pueden por tanto probar suerte con un riesgo reducido.
Más grave aún: la misma ausencia de riesgo en caso de fraude. Un alumno sorprendido haciendo trampas en el bachillerato se expone oficialmente a sanciones que van desde la reprimenda hasta la prohibición de presentarse a un examen durante 5 años. En la práctica, a nada. Una citación a puerta cerrada por parte del responsable del centro y, después, se autoriza al alumno a realizar el resto de las pruebas. Por cierto, si un vigilante advierte que un alumno está haciendo trampas, tiene instrucciones de no intervenir y dejarle continuar.
Con estas reglas, las puntuaciones de los bachilleres superan a veces todos los límites sin que eso signifique gran cosa; no es raro ver a un alumno obtener el bachillerato con una puntuación superior a 20. Cada vez más centros exhiben un 99, o incluso un 100 %, de aprobados y presumen de ello. Porque, si bien la clasificación de los alumnos es «tabú» —incluso se elimina la columna «clasificación» del documento elaborado por algunos programas al final de los trimestres—, los directores hacen todo lo posible por aumentar sus estadísticas de aprobados, alentados en ello por los periódicos, que publican cada año por estas fechas su tema recurrente: la clasificación de los mejores institutos. Como el indicador de la tasa de aprobados en el bachillerato ya no quiere decir nada —Luc Ferry, antiguo ministro de Educación, llegó incluso a declarar que «para no obtener el bachillerato, hay que solicitarlo»—, ahora la prensa destaca la tasa de «menciones muy bien».
Percepción social y pedagogía
--------------------------------
Entonces, ¿por qué empeñarse en conservarlo? En algunas sociedades primitivas, la transición de la infancia a la edad adulta está marcada por un «rito de paso»: como una muda, una prueba, a menudo física y más o menos violenta, establece una frontera entre ambos estatus. Despojado de su «piel de niño», el individuo se encuentra de golpe en igualdad de derechos y responsabilidades con los adultos.
En nuestras sociedades existe un incómodo período intermedio: la adolescencia. Entonces, ¿no tiende el bachillerato a convertirse, tanto para los padres como para los jóvenes, en un sucedáneo de un rito de paso, como parece sugerir la expresión «¡aprueba primero el bachillerato!»?
Para los alumnos, la percepción del examen es paradójica en más de un sentido. Por una parte, se ha convertido en tal formalidad que ya no significa gran cosa, aparte de ese rito social que se materializa en la obligación de presentarse al examen. Muchos no se esfuerzan por trabajar durante el curso en la asimilación de conocimientos y competencias, pues el aprobado les parece seguro.
Pero para quienes fracasan pese a todo —y para sus familias—, suele ser un auténtico drama psicológico, cuya gravedad es proporcional a la tasa de éxito de los demás.
Por desgracia, el esfuerzo de la institución no se ha centrado en la formación profunda de los alumnos. En matemáticas en particular, el aprendizaje memorístico, que consiste en contentarse con aprender «de memoria» ciertas técnicas sin comprenderlas, se ve alentado por el sistema. Los docentes, cada vez más influidos por las presiones ejercidas por la administración o los padres de alumnos, participan por desgracia a menudo en este juego de superficialidad, en detrimento de la transmisión profunda de las nociones. Algunos sitios colaborativos y algunos manuales escolares incurren en esta desviación proporcionando «material» a este enfoque. Pero ¿se les puede reprochar que cedan a la demagogia?
En la misma línea, mencionemos el peligro del concepto de «contrato de confianza» de André Antibi, autor de la acertada Constante macabra. Al pretender eliminar lo imprevisto de los exámenes, este concepto parece fomentar el aprendizaje memorístico, aunque su enfoque es más sutil.
Pasaporte a ninguna parte
-------------------------
Otra función del bachillerato ha quedado obsoleta: el salvoconducto que constituía para los estudios superiores al garantizar un nivel mínimo de exigencia. Hoy, la suerte está echada varios meses antes de conocer sus resultados.
En la rama S, aunque la mayoría de las universidades francesas no tienen concurso ni examen de ingreso, sí se realiza una selección para la admisión en las clases preparatorias para las grandes escuelas, en los IUT, en los BTS y en otras formaciones especializadas. La mayoría de los alumnos presentan sus expedientes a principios de abril a través del sistema informático APB (admission post bac, véase nuestro artículo). El sistema decide en junio, es decir, antes del examen, en qué centros se les acepta; la aceptación está, por supuesto, condicionada a que obtengan el bachillerato, que solo servirá para validar esta selección a priori.
Este sistema tiene además una consecuencia negativa para la universidad: los alumnos que acaban allí son, salvo excepción, los que no han sido admitidos en ningún otro lugar. De hecho, la selección se realiza al pasar al segundo curso. Sin embargo, la tasa de fracaso en el primer curso universitario, ya muy elevada, se rebaja artificialmente, pues las subvenciones se calculan a partir del número de estudiantes de L2. Así pues, el aumento de la tasa de aprobados en el bachillerato termina transfiriendo el coste de repetir curso del instituto a la universidad.
Hablemos precisamente del coste. En un momento en que los recortes presupuestarios debilitan la coherencia de ciertas enseñanzas, ¿por qué no ahorrar en esta maquinaria innecesariamente compleja, cuyos indicios apuntan a que es inútil y cuesta una fortuna (véase en el recuadro el informe del Tribunal de Cuentas)?
¡Uno no puede evitar soñar con que todos esos recursos se redistribuyan entre acciones pedagógicas!