No cedamos a la tentación de renunciar. El bac, muy revisado y corregido desde su creación, aún admite ajustes y actualizaciones. Este examen sigue desempeñando múltiples funciones en nuestra sociedad.
Una función social indudable
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Desde su creación en su forma actual mediante el decreto napoleónico del 17 de marzo de 1808, el bachillerato ha pasado de ser un «título de la burguesía» —en el sentido de que obtener el bac equivalía a «pasar a formar parte de la burguesía»— a ser un título básico indispensable para continuar una formación superior. Es, además, un rito de paso reconocido por los propios alumnos y posee valor simbólico en una sociedad a menudo falta de referencias. Más allá de este rito de paso, el bachillerato representa para todos quienes se presentan a él una idea de igualdad: ¿no constituye el anonimato de las copias la mejor garantía de ausencia de discriminación? Chica o chico, negro, blanco, de origen magrebí, todo ello desaparece en las pruebas escritas: la calificación otorgada tiene el mismo valor sea cual sea el origen geográfico, étnico, familiar o social del candidato.
El objetivo, fijado por el Gobierno en… ¡1985!, era que el título de bachillerato alcanzara al 80 % de una generación. Muy denostado y confundido con demasiada frecuencia, erróneamente, con la tasa de aprobados en el bac —que es mucho más elevada—, este objetivo estaba casi cumplido treinta años después, pues en junio de 2015 era del 77,2 %. Refleja una voluntad de democratización de la enseñanza, entendida como un deber del Estado hacia sus ciudadanos, un compromiso de la República con su escuela, un avance hacia una mayor igualdad y justicia social. De acuerdo, toda esta organización —transporte de exámenes, desplazamientos del profesorado, disponibilidad de los locales…— tiene un coste, pero en educación la calidad a veces no tiene precio. Suprimir el bac supondría, evidentemente, reemplazarlo por otra evaluación, más local y, por tanto, más sometida a los condicionantes sociales del lugar y al prestigio del instituto, un fenómeno que sin duda acarrearía su dosis de discriminación.