Desde la década de 1980, Francia participa en las evaluaciones TIMSS y PISA sobre la enseñanza de las matemáticas. Con este motivo se publican clasificaciones. Durante unos días, hacen las delicias de los medios de comunicación, sacuden y preocupan a los responsables de los sistemas educativos, pero, muy a menudo, dejan perplejos, cuando no escépticos, a docentes y padres. Todos se preguntan si su país rinde realmente tan bien —o tan mal— como indican estas evaluaciones. Con la vista fija en el termómetro, se preguntan si la subida o la bajada observada entre dos evaluaciones es o no significativa, y significativa de qué…
Lo que mide el termómetro
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En la escala de «competencia matemática» de PISA (el termómetro), entre 2003 y 2015 Francia pasó del índice 511 al 493, mientras que Rusia pasó de 468 a 494. El análisis estadístico muestra que estas diferencias son significativas: algo ha cambiado realmente en los resultados de la enseñanza de las matemáticas en estos países. Pero ¿qué exactamente y por qué? Por último, ¿qué enseñanzas pueden extraerse de estos resultados para la acción?
Por suerte, las evaluaciones PISA y TIMSS no se limitan a proporcionar clasificaciones y escalas, sino que también aportan información sobre el funcionamiento de los sistemas educativos y sobre las relaciones observadas entre esta información y los conocimientos adquiridos por el alumnado. Así, ponen de manifiesto la relación —estadística— existente entre los conocimientos adquiridos y el tamaño de las clases, el esfuerzo realizado por el país en la formación del profesorado o el placer que encuentran los alumnos al ir a la escuela o al hacer matemáticas. Estas variables, denominadas contextuales, son numerosas (los informes completos de las evaluaciones suman miles de páginas, que conviene evitar leer con demasiada rapidez).