«Ahora bien, yo no sé contar ni con fichas ni con pluma», confiesa Montaigne en sus Essais en 1580. Con ello subraya, en negativo, que contar con fichas o con cifras escritas seguía siendo en el 16.º siglo privilegio de unos pocos, en particular de comerciantes, sabios y contables. Afirmada con la Revolución francesa, la necesidad de ampliar las capacidades de cálculo acompaña la evolución socioeconómica. Así, en su primera memoria sobre la instrucción pública (1791), Condorcet pudo escribir que «el hombre que conoce las reglas de la aritmética necesarias para la vida cotidiana no depende del sabio que posee en el más alto grado el genio de las ciencias matemáticas y cuyo talento le será de una utilidad muy real, sin impedirle nunca disfrutar de sus derechos».
fue uno de quienes, durante la Revolución francesa, propusieron reformar el sistema educativo para incluir en él en mayor medida a las clases populares y a los niños de ambos sexos.
Desarrollada a lo largo del 19.º siglo, la competencia de cálculo cobra relevancia en el «leer, escribir y contar» de la escolarización obligatoria. Este contexto asocia el cálculo mental a la imagen característica de la pizarra que los escolares tendían a su maestro después de la pregunta que este acababa de plantearles.