Es raro que una filosofía comience con un destierro. Ahora bien, siendo muy joven, el filósofo neerlandés Baruch Spinoza, de origen sefardí portugués, sufrió la exclusión de su comunidad: los teólogos lo rechazaron por la herejía de su pensamiento. Más tarde, en su Tratado teológico-político (1670), invita a racionalizar el discurso de las Sagradas Escrituras, separa el ámbito de la fe del de la razón y llama a los pueblos a liberarse de su crédula y temerosa actitud frente a los reyes y las Iglesias.
Esta audacia disparatada no se explica únicamente por la personalidad del filósofo. Para comprender su pensamiento, hay que sumergirse en la atmósfera de una ciudad, Ámsterdam, y de una época, el «siglo de oro neerlandés», en un momento en que las Provincias Unidas se habían liberado de la tutela de la España católica. Spinoza nació en 1632, el mismo año que el pintor Johannes Vermeer (1632‒1675). La joven nación, convertida al calvinismo, instauró un nuevo modelo político, así como un sistema de coexistencia religiosa sin Iglesia de Estado y una imprenta que difundía las ideas nuevas. Spinoza y sus amigos abandonan el tema de la trascendencia para interesarse por las matemáticas, la medicina y la óptica; se reúnen en la Universidad de Leiden para diseccionar cerebros y replantearlo todo. Es el momento que abre el pensamiento barroco, cuando la razón escéptica arremete contra todas las formas de impostura.
Spinoza está impregnado de las lecturas de René Descartes (1596‒1650) y de su voluntad de comprender la naturaleza a partir del lenguaje matemático. La racionalidad del siglo XVII anuncia la Ilustración y el poder instrumental de la razón sobre lo real. La idea de Naturaleza sustituye poco a poco a la de Dios.
La influencia de Descartes
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«No he visto a Spinoza», decía el escritor Paul Valéry. El filósofo neerlandés sigue siendo un verdadero enigma. Ya en vida, el hombre desaparece tras lo que escribe, y la leyenda deforma las escasas informaciones de que disponemos sobre su modo de vida (véase el recuadro).
Por un lado, es judaeus y atheista («judío y ateo»), es decir, acumula los crímenes más abominables que podían concebirse en la época. Muy pronto tuvo que enfrentarse a las autoridades religiosas. Cuando propone releer las Escrituras, la sinagoga lo excomulga el 27 de julio de 1656, acusado de herejía y ateísmo. Obligado al exilio, aprende el oficio de pulidor de lentes para gafas y telescopios.