En el mundo académico, buena parte del trabajo de un investigador consiste en conseguir financiación y transformar esa financiación en conocimientos, a menudo relacionados con la creación de nuevas herramientas y conceptos matemáticos. Es apasionante contemplar esta transformación. La creación de conocimiento posee un valor intelectual y científico incalculable.
En el mundo industrial, la investigación se desarrolla sobre todo en el ámbito de la ingeniería de conceptos matemáticos, con una marcada inclinación por los algoritmos y la optimización. Buena parte del trabajo consiste en convertir el conocimiento matemático en oportunidades tecnológicas. No es una tarea fácil, pues requiere un conocimiento muy profundo del arsenal matemático existente —y del que aún no existe—, así como de la evolución tecnológica, con sus problemas y oportunidades.
Esto exige un diálogo permanente con el mundo académico, aunque los lenguajes sean muy distintos. En un mundo perfecto, un círculo virtuoso debería ir de la financiación al conocimiento y, después, del conocimiento hacia avances tecnológicos disruptivos que vuelvan a financiar la investigación para generar nuevos conocimientos. Aunque no siempre funcione así, un ecosistema viable debe garantizar que este objetivo termine alcanzándose. Las grandes empresas empiezan a comprender que no pueden sobrevivir a largo plazo sin financiar la investigación fundamental en el ámbito académico.