Para nosotros, los franceses, Leonardo da Vinci es la Gioconda del Louvre y los espectaculares inventos expuestos en el Clos Lucé de Amboise (Indre y Loira). Sin embargo, para comprender bien a este hombre de genio, hay que seguir sus pasos por su Italia natal.
El hombre del Renacimiento
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Leonardo es un producto genuino de los comienzos del Renacimiento italiano. Nació el 15 de abril de 1452 en una pequeña localidad de la Toscana, enclavada en las laderas del Montalbano, al oeste de Florencia. Fue fruto de los amores ilegítimos entre un notario y una campesina. Decidido a dedicarse a la pintura, ingresó en el más célebre taller florentino, el de Verrocchio, escultor de Lorenzo de Médici, llamado Lorenzo el Magnífico. Leonardo ya era un artista consagrado cuando dejó a su maestro en 1478. Cultivó los efectos del chiaroscuro («claroscuro») y del sfumato («velado»), que suavizan los contornos y confieren gran delicadeza a su pintura. Para lograr esos efectos, había estudiado con mirada de científico diversas nociones de iluminación, en particular la transición gradual de la sombra a la luz.
Leonardo se instaló en Milán en 1481 al servicio de los Sforza, la familia que gobernaba la gran ciudad lombarda. Su talento se despliega: sin dejar de ser pintor y escultor, se lanza a organizar espectáculos. Sobre todo, se convierte en ingeniero y busca mejorar diversos objetos, como los relojes y los telares. Esto le llevó a interesarse por las matemáticas, disciplina en la que vislumbraba la explicación de muchos mecanismos. Estas nuevas funciones le proporcionaron una mejor posición social. En efecto, por entonces la elaboración de lienzos, por buenos que fueran, se consideraba una artesanía banal, muy por debajo de la profesión de ingeniero…