«Supongamos por un momento que se os entrega el poder sin reservas. […] Vuestro firme propósito es hacerlo lo mejor posible. Tenéis la cabeza bien asentada […] no os intimidan ni os abruman las esperanzas depositadas en vosotros. Pues bien, ¿qué vais a hacer? ¿Qué vais a hacer HOY?»
Así describía Paul Valéry en sus Regards sur le monde actuel (1945) el vértigo que puede sentirse cuando hay que tomar una decisión política importante. En realidad, ocurre lo mismo en cualquier ámbito: la pregunta «¿qué hacer?» implica casi de inmediato su corolario: «¿cómo saber qué hacer?». Para responder a esta segunda pregunta, con vistas a responder a la primera, se ha recurrido muy a menudo a las matemáticas. Hoy, la evaluación de las políticas públicas constituye un ejemplo práctico de ello, al igual que la idea del comportamiento racional del consumidor constituye un ejemplo teórico.
También en teoría política, el cálculo no deja de avanzar como herramienta para comprender la racionalidad humana. Y eso plantea dificultades, e incluso problemas.
La acción entendida como una ecuación -------------------------------
Históricamente, el primer intento de matematizar la racionalidad de la acción humana se remonta a los trabajos del joven Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716), quien, a los 20 años, publicó su tesis doctoral titulada Dissertatio de arte combinatoria, en la que se proponía crear una lengua universal, la characteristica universalis, una suerte de generalización de la escritura matemática capaz de expresar conceptos científicos, filosóficos o procedentes de la vida cotidiana. Para ello imaginó una máquina de calcular capaz de efectuar sumas, restas, multiplicaciones y divisiones, que esperaba que, a medida que se hiciera más compleja, pudiera resolver no solo operaciones aritméticas, sino todo tipo de cuestiones: «Ya no harán falta entre dos filósofos discusiones más largas que entre dos matemáticos, pues bastará con que tomen la pluma, se sienten a su mesa de cálculo —recurriendo, si lo desean, a un amigo— y se digan el uno al otro: ”Calculemos.” »