El trágico destino del descubridor de las infecciones nosocomiales ----------------------------------------------------------
Nacido en Buda en 1818, el húngaro Philippe Ignace Semmelweis, licenciado en Derecho en Pest (al otro lado del Danubio), se convierte en obstetra en 1846 tras asistir a la autopsia de una mujer fallecida de fiebre puerperal.
El Hospital General de Viena contaba con dos maternidades que acogían, una de ellas, a estudiantes de medicina en prácticas y la otra a alumnas de partería, con tasas de mortalidad respectivas del 30 % y del 10 %. En mayo de 1847, Semmelweis, tras intercambiar a los internos entre ambas maternidades, afirma que «son los dedos de los estudiantes, contaminados durante las recientes disecciones, los que llevan las fatales partículas cadavéricas a los órganos genitales de las mujeres embarazadas». Semmelweis impone entonces a cada estudiante que se lave cuidadosamente las manos con una solución de cloruro de cal después de una disección. La tasa de mortalidad baja al 12 %.
Pero, después de examinar a una mujer con cáncer de útero y de auscultar, sin lavarse las manos, a cinco mujeres embarazadas que mueren poco después de fiebre puerperal, comprende que la causa no es únicamente cadavérica, sino que «las manos, por su mero contacto, pueden transmitir la infección». A partir de entonces, las manos y los instrumentos de todos los facultativos deben desinfectarse, y la mortalidad desciende hasta el nivel de las mejores maternidades actuales.