Nada, a priori, hacía presagiar que Jean de Heinzelin de Braucourt revolucionaría la historia de las matemáticas o, al menos, la visión que la gran mayoría de los matemáticos tenían de sus orígenes. Aunque le atraían las ciencias, las matemáticas no le interesaban especialmente. Químico, geólogo y arqueólogo, Jean de Heinzelin era brillante y ecléctico. Ya en 1947 emprendió una serie de misiones en el este de lo que aún era el Congo belga. Serían decisivas para el papel que el científico desempeñaría en lo que hoy sabemos de la historia de las matemáticas.
El descubrimiento -------------
Entre 1935 y 1938, el hidrobiólogo de Lieja Hubert Damas (1910–1964) había descubierto, en el Congo belga, a orillas del lago Eduardo, una serie de artefactos primitivos de lo más diverso que no habían sido objeto de un estudio específico y que planteaban interrogantes. Había que profundizar en el descubrimiento. El entonces director del Instituto de Ciencias Naturales, Victor Van Straelen, vio en Jean de Heinzelin al hombre adecuado. Las misiones que había llevado a cabo en Kivu, en el este del Congo, lo convertían en una referencia ineludible en aquella región de África. A ello se sumaban sus conocimientos de geología y química, así como su pasión por la arqueología.
En 1950, Jean de Heinzelin fue enviado oficialmente a Yangambi en una misión de geología histórica para el Instituto Nacional de Estudios Agronómicos del Congo belga. Durante esta primera misión, el geólogo realizó un descubrimiento esencial cerca de la pequeña aldea de Ishango, junto al río Semliki, al norte del lago Eduardo, cerca de la frontera con Uganda. Se trataba de un pequeño hueso marcado con numerosas muescas. Este primer «bastón de Ishango» haría correr ríos de tinta y quizá aún no haya revelado todos sus secretos.