Por una parte, lo digital abría las puertas a nuevos sonidos y nuevos paradigmas de composición. Por otra, el paso de la grabación analógica a la grabación digital revolucionaba todos los estándares vigentes y abría camino a numerosos aficionados o autoproductores. La mezcla se vio especialmente facilitada por la visualización de los sonidos mediante interfaces gráficas que permitían una auténtica disección quirúrgica, imposible para el oído. Incluso la música sinfónica se revolucionó: las grabaciones monoanalógicas fueron sustituidas por las multipista, que permitían la regrabación y hacían desaparecer las firmas sonoras de los lugares de grabación míticos, pues todo podía retocarse digitalmente.
Pero hay más. ¡El carácter excepcional de los artistas, que daba originalidad y autenticidad a sus creaciones, dejó de ser una condición necesaria para grabar! Programas de corrección, como Auto-Tune, por ejemplo (Antares Audio Technologies, 1997), permiten ajustar a una secuencia predefinida la altura de los sonidos de los cantantes que desafinan, evitando así múltiples grabaciones sucesivas.
¿Y entonces? ¿Es lo digital el santo grial con el que soñaban todos los ingenieros de sonido? En cualquier caso, se ha convertido en un medio que permite engañar fácilmente a millones de fans que ensalzan a artistas mediocres.