Sin duda, el Laplace que pudo o supo desempeñar cierto papel político es un malquerido de los historiadores; basta citar la semblanza del científico que Alfred Fierro-Domenech traza en el Dictionnaire Napoléon (dirigido por Jean Tulard, Fayard, 1987) para convencerse de ello: «Con un arribismo que aunaba la más baja servilidad hacia los poderosos de este mundo y una arrogancia extrema ante los subordinados, Laplace eligió la política como medio para prosperar. Sus convicciones son tan volubles como las convulsiones políticas de la época.» Podríamos rebatir sistemáticamente este texto con ejemplos concluyentes de la vida de Laplace.
¿La ciencia, una vana gloria? --------------------------
Pero esta opinión poco fundada oculta otra cosa. Que Laplace actuara como ministro del Interior del Consulado tras el golpe de Estado del 18 de brumario del año VIII permite al autor de esta reseña considerar que el científico, autor de la Exposition du système du monde de 1796 y, después, de los primeros volúmenes del Traité de mécanique céleste en 1799, ¡no había «llegado» antes a nada! Una ciencia notable no es nada. El responsable de dicho Dictionnaire, por su parte, hablaba de «pusilanimidad» al describir el cuadro de Boilly que representa en 1804 el taller del escultor Houdon; este prepara un busto de Laplace, convertido desde hacía un año en canciller del Senado y posando para él. Esta perspectiva reaparece de forma muy distinta en el Dictionnaire de la Révolution française de François Furet y Mona Ozouf (Flammarion, 1988). Pues, sencillamente, ¡los dos autores ignoran el nombre de Laplace! Ahí se percibe, pese a los esfuerzos de la Tercera República y a los valores del universalismo, el efecto de una dificultad francesa para situar las ciencias, y particularmente las matemáticas, en un imaginario común que construya un sentido nacional y no una vana gloria. A ello se suma la idea romántica de que un intelectual creador quema las alas de su genio al asociarse a la vida política. Ya en vida, durante la Restauración, cuando se había convertido en marqués y ocupaba un escaño en la Cámara de los Pares, Laplace era caricaturizado como un zombi de cabeza enorme, inscrita en un triángulo. Fourier, que como secretario perpetuo de la Academia de Ciencias pronunció el panegírico de Laplace a su muerte, evitó debatir sobre el Laplace político precisamente en nombre del lugar donde lo celebraba como científico.
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