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El «dos» bíblico expresa ante todo la alianza vertical entre Dios y el ser humano, simbolizada por las dos Tablas de la Ley confiadas a Moisés.
En el Génesis, Dios no crea a un hombre, sino a una pareja, Adán y Eva: «El Señor Dios dijo: No es bueno que el hombre esté solo; le haré una ayuda semejante a él» (Gn 2, 18). Por su parte, Jesús envía a sus discípulos de dos en dos (Mc 6, 7), y en el camino de Emaús son dos discípulos quienes caminan, sin saberlo, junto a Cristo antes de reconocerlo (Lc 24, 13-35). Jesús afirma asimismo que, cuando dos —o tres…— se reúnen en su nombre, él está en medio de ellos (Mt 18, 20).
En otros casos, lejos de una dualidad positiva, el número dos expresa la oposición, cuando un personaje encarna la fidelidad a Dios y otro el odio. Así ocurre con el fratricidio cometido por Caín contra Abel (Gn 4, 1-16), con el diálogo entre los dos ladrones crucificados al mismo tiempo que Jesús (Lc 23, 39-43) o con la parábola del hijo pródigo y su hermano celoso (Lc 15, 11-32). Esta dicotomía se manifiesta en el Juicio Final mediante la distribución entre derecha e izquierda, en la parábola de las ovejas y los cabritos: a la derecha del Hijo del Hombre, los benditos vivirán «la vida eterna», mientras que a su izquierda los malditos sufrirán «el castigo eterno» (Mt 25, 31-46)…

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