Una de las aportaciones más importantes de la ciencia de Newton es la noción de espacio. Ahora bien, para este físico y matemático, lejos de ser un simple receptáculo de coordenadas cartesianas, el lugar del mundo también se comprende a partir de la Biblia y de la mística judía. El resultado constituye un caso ejemplar de la posible articulación entre el pensamiento científico y el religioso.
William Stukeley, médico y amigo de Isaac Newton, relata en sus memorias que, el 15 de abril de 1726, mientras tomaban té a la sombra de unos manzanos, Newton le confió que la cuestión de la gravitación se le había ocurrido mucho tiempo atrás, en una situación semejante, cuando estaba sentado y sumido en un estado de ánimo contemplativo.
En la Universidad de Cambridge se ha plantado un retoño de este manzano bajo las ventanas del apartamento que ocupaba Newton en el Trinity College. Este lugar cargado de memoria recuerda que algunas de las cuestiones más abstractas de la ciencia nacieron de una atención silenciosa y contemplativa.
Sin embargo, en el momento de la escena así relatada, Newton no es solo un observador solitario. Ya está plenamente integrado en la vida universitaria: ocupa la cátedra lucasiana de Matemáticas de la Universidad de Cambridge desde 1669 —a los veintiséis años— hasta 1702. Allí desarrolla las herramientas matemáticas y conceptuales necesarias para una nueva comprensión del movimiento de los cuerpos en el espacio.