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En las Escrituras, el número cuarenta resuena como un tiempo de prueba, purificación y preparación espiritual antes de una intervención decisiva de Dios. La palabra «cuarenta» aparece unas 150 veces en la Biblia, señal de la importancia de esta duración. El diluvio dura cuarenta días y cuarenta noches (Gn 7,12), el pueblo de Israel camina cuarenta años por el desierto (Nm 14,33), Moisés permanece cuarenta días y cuarenta noches en el Sinaí antes de recibir las tablas de la Ley (Ex 24,18), Elías camina «cuarenta días hasta el monte de Dios» (1 R 19,8) y, por último, Jesús también ayuna cuarenta días y cuarenta noches en el desierto antes de iniciar su misión (Mt 4,2). Estos relatos fundamentan el tiempo litúrgico de la Cuaresma (del latín quadragesima, «cuadragésimo»), un período de cuarenta días de oración, ayuno y compartir que precede a la Pascua para los cristianos. Cuarenta días separan asimismo la Pascua de la Ascensión, así como el nacimiento de Jesús (Navidad) y su presentación en el templo (Candelaria), en aplicación de la ley de Moisés.
Este número expresa así una pedagogía divina: antes de la fiesta, la revelación o la misión, Dios conduce al ser humano por un tiempo de despojamiento, para que la celebración litúrgica se convierta en un renacimiento interior y no en un simple rito.
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