La historia de las matemáticas está jalonada de encuentros sorprendentes, pero pocos tan improbables como el de Leibniz con el Libro de las mutaciones de la antigua China. Cuando el filósofo descubre los hexagramas que contiene, ve en ellos, o más bien cree ver, una prefiguración de su propio sistema binario, pero también la universalidad de los saberes humanos.

Matemático y filósofo, Leibniz es un pensador del conocimiento completo, la mathesis universalis. Para él, las matemáticas no son solo una ciencia de la cantidad, sino el laboratorio de una lógica universal (véase el artículo «Quelque chose plutôt que rien»). Al apostar por esa universalidad, cabe esperar encontrar verdades comunes a todas las civilizaciones. Ahora bien, desde finales del siglo 16.º^{.º} los misioneros jesuitas comenzaron a revelar China a los europeos. Numerosas obras chinas, empezando por los grandes clásicos, se tradujeron al latín y se pusieron a disposición de los estudiosos, entre ellas el Libro de las mutaciones (易經, Yi Jing). Este tiene su origen en las prácticas adivinatorias mediante el sorteo de tallos de milenrama (largas varillas) asociadas a la dinastía Zhou (1er^{er} milenio a. C.). Se compone de dos partes: la más antigua presenta 64 secciones o párrafos breves, cada uno encabezado por un hexagrama (véase el recuadro), mientras que la parte más reciente está formada por comentarios, glosas y ensayos. Las primeras traducciones occidentales se basan en los comentarios e interpretaciones de algunos eruditos influyentes de la dinastía Song (960-1279), en particular Cheng Yi (1033-1107) y Zhu Xi (1130-1200).

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En 1701, Leibniz recibió una carta del padre jesuita Joachim Bouvet (1656-1730), un misionero en Pekín que había observado que, en el Libro de las mutaciones, algunos trigramas evocaban una metáfora de la Trinidad. Para Leibniz fue una revelación. Leibniz estaba impulsado por una búsqueda no solo de saber universal, sino también de civilización universal, en la que Oriente y Occidente, aliados intelectuales, compartirían sus conocimientos. No consideraba la filosofía china como un sistema de pensamiento ajeno, sino como un remoto equivalente de su propia monadología y de la religión cristiana. Esta compatibilidad le permitía consolidar su propio pensamiento. Su fascinación se centraba especialmente en la lengua china, que estudiaba para ver si podía servir de base a lo que llamaba su característica universal, un sistema simbólico capaz de transformar cualquier enunciado en una sucesión de símbolos, para que una máquina pudiera después determinar si es verdadero o falso. Desde esta perspectiva, la notación debía ser tan elemental como fuera posible, lo que le llevó a imaginar « una progresión diádica, en la que solo las unidades y el 0 expresan el número». Así quedó inventado el principio del sistema binario para codificar la información.