Las ecuaciones nacieron con Diofanto: fue el primero en tener la idea de nombrar la incógnita de un problema. No es una idea banal, pues nombrar es una forma de dominar, de dar realidad a aquello que se nombra. Una vez nombrada, se puede calcular con la incógnita. Diofanto la llamaba arithmos, es decir, «el número» en griego. Todo el mundo conoce este término, a partir del cual se formó la palabra «aritmética». A continuación, escribía con todas las letras las relaciones obtenidas. El resultado eran frases pesadas, aunque seguían siendo claras.
La tradición de Diofanto pasó a los matemáticos árabes de la Edad Media, que cambiaron la palabra utilizada. En el 9.º siglo, al-Khwarizmi llamaba a la incógnita shay, que significa «la cosa». Los algebristas italianos del Renacimiento utilizaron la misma palabra, cosa en italiano. Los andaluces, entonces bajo influencia árabe, escribían esta palabra en caracteres latinos: xay.