El primer astronauta estadounidense que dio la vuelta a la Tierra fue, en 1962, el también estadounidense John Herschel Glenn Jr. (1921–2016). Los cálculos de la trayectoria de puesta en órbita de su cohete Atlas se habían confiado a una red de ordenadores. Pero Glenn pidió que Katherine Johnson verificara personalmente todos aquellos cálculos, a mano, con bolígrafo, papel y calculadora, y declaró: «Si ella dice que está bien, ¡voy!» Pero ¿quién era esa Katherine Johnson en quien Glenn depositaba toda su confianza, mucho más que en el más moderno de los ordenadores?

Katherine Coleman Goble Johnson (1918–2020) en el Centro de Investigación de Langley,

en Hampton (Virginia), en 1966.
Una «calculadora humana» ----------------------------
La estadounidense Katherine Goble Coleman Johnson nació en 1918 en White Sulphur Springs, Virginia Occidental. Su padre era granjero y también trabajaba en un hotel; su madre era maestra, y la familia tenía cuatro hijos. Desde muy pequeña, Katherine se entusiasmó con las matemáticas y los cálculos: «Contaba todo lo que veía: los árboles, el número de pasos hasta la escuela; calculaba la altura de los árboles; no podía esperar a llegar al instituto para estudiar álgebra y geometría», diría en su autobiografía, Reaching for the Moon: The Autobiography of NASA Mathematician Katherine Johnson (Simon-Schuster, 2019). Pero era negra y, aunque Virginia Occidental no era el «peor» de los Estados segregacionistas, la suerte que corrían las personas de color era terriblemente dura: en su condado, la enseñanza pública para los niños negros terminaba a los 12 años.
Los Coleman querían a toda costa que sus hijos estudiaran, especialmente Katherine, pues habían comprendido sus excepcionales dotes para las ciencias. Por eso la madre y los hijos se trasladaron doscientos kilómetros más lejos, a Institute, donde Katherine podría ir al instituto mientras el padre seguiría trabajando en la granja, donde la familia se reunía con él en verano. Katherine trabajaba entonces en el hotel que empleaba a su padre… y allí aprendió francés, idioma que le encantaba. Cursó el instituto, obtuvo a los 14 años el equivalente estadounidense del bachillerato y fue admitida, también en Institute, en uno de los pocos centros de enseñanza superior que aceptaban estudiantes de color —aunque solo hasta cuatro años de estudios superiores—. En el instituto conoció a un profesor, el topólogo estadounidense William Schieffelin Claytor (1908–1967), uno de los primeros negros en obtener un doctorado en matemáticas; él la animó y se las arregló para ofrecer un gran número de cursos para que ella pudiera aprovecharlos. Katherine obtuvo el título de bachelor en matemáticas y francés, con la mención summa cum laude («con honores»), a los 18 años.
La única carrera accesible para una mujer afroamericana titulada era la enseñanza. Se convirtió en profesora de matemáticas, francés y música en una escuela pública y se casó con James Goble (1913–1956). En 1939, una sentencia del Tribunal Supremo de Estados Unidos obligó a la Universidad de Virginia Occidental a matricular, por primera vez, a estudiantes negros; ella fue una de los tres estudiantes admitidos. Abandonó sus estudios de matemáticas en el primer año de máster porque estaba embarazada. El matrimonio tendría tres hijos. Por desgracia, James murió en 1956 de un tumor cerebral.
En 1952, el National Advisory Committee for Aeronautics (que más tarde se convertiría en la NASA, por National Aeronautics and Space Administration) buscaba matemáticas para el centro de investigación de Langley, en Virginia. Katherine fue contratada allí como «calculadora humana» (human computer). Por ejemplo, analizaba la atenuación de las ráfagas de viento para aeronaves. Desde luego, calculaba extraordinariamente bien, pero sobre todo era una matemática excepcional. Había estudiado geometría analítica, lo que le permitía desentrañar situaciones que sus colegas no sabían tratar. También tenía mucha intuición y sentido de la oportunidad.
Tras el lanzamiento del Sputnik 1 por los soviéticos en 1957, los estadounidenses se sintieron humillados; en la NASA había que redoblar los esfuerzos para salvar el honor. Los responsables acabaron por darse cuenta del extraordinario dominio de las matemáticas y del cálculo que demostraba Katherine. Trabajaba con otras mujeres negras que, como las mujeres y las personas de color de la época, recibían un trato muy malo. La necesidad de la NASA de competir con los soviéticos y aprovechar al máximo los talentos de que disponían, unida al carácter decidido de Katherine, hizo que su situación mejorara, al igual que la de las demás empleadas.
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Un cálculo de trayectoria histórico -----------------------------------
En 1960, Katherine fue la primera mujer en firmar, junto con el ingeniero Ted Skopinski, un informe publicado por la NASA sobre las ecuaciones que describen la trayectoria de un vuelo espacial orbital. El objetivo era colocar un satélite en una órbita elegida previamente. Este tipo de cálculo le valió la confianza de John Glenn y le permitió determinar la trayectoria de los primeros hombres que pisaron la Luna cuando volvieron a despegar para «volver a casa» en 1969. Pero le costó mucho conseguir asistir a las reuniones de planificación de los lanzamientos de cohetes. De hecho, fue la primera mujer en participar en ellas.
En 1959, se casó de nuevo con James Johnson, de quien tomó el apellido con el que hoy se la conoce. Juntos criaron a sus hijos y vivieron en Hampton, cerca del Centro de Investigación de Langley. Entre 1971 y 2019, Katherine recibió numerosos galardones. El presidente Barack Obama le concedió la Medalla Presidencial de la Libertad en 2015, la más alta distinción civil de Estados Unidos. Recibió un doctorado honoris causa de varias universidades, el Silver Snoopy Award en 2016, que recompensa acciones destacadas relacionadas con la seguridad de los vuelos, y el De Pizan Honor del Museo Nacional de Historia de las Mujeres de Estados Unidos en 2014. Margot Lee Shetterly le dedicó un libro (Hidden Figures, William Morrow and Company, 2016), del que Theodore Melfi realizó una película ese mismo año (Figuras ocultas, véase Tangente 178, 2017).
Katherine luchó toda su vida contra la segregación, contra la exclusión de las mujeres, contra la «cafetera para gente de color» que se veía obligada a usar porque no podía compartir la de los blancos, y contra un sinfín de cosas más. Pero sería lamentable que todo ello hiciera olvidar que fue una matemática excepcional.