La crónica, que se prolonga durante algo más de dos horas, recorre casi toda la vida del pensador, desde su llegada a Ruan, cuando su padre fue nombrado comisario del rey para la recaudación de impuestos, hasta su muerte en París a los 39 años. El ambiente general es bastante austero, incluso en los años de vida mundana, y la música resulta a menudo obsesiva. El ritmo de algunas escenas, como la maniobra de la carroza inicial o el proceso por brujería, quizá haya envejecido un poco. Sin embargo, se aprecian los diálogos, a menudo cercanos a los escritos de Pascal, y la caracterización de algunas figuras ilustres, como René Descartes. Los duelos oratorios con el padre Noël —Étienne, de nombre— acerca del vacío siguen siendo sabrosos. Aunque no se menciona el triángulo de Pascal y las probabilidades apenas se rozan a través de la evocación de la célebre apuesta, asistimos a intercambios documentados sobre las cónicas, la pascalina o las ruletas. Por último, el filósofo está encarnado por un joven actor, un tal Pierre Arditi, que desempeñó aquí uno de sus primeros grandes papeles.