Para algunos, procede del griego bios, la vida, y del latín diversitas; para otros, es una palabra maleta formada por contracción del inglés biological diversity. El término apareció por primera vez en 1968, en inglés, pero entró en el ámbito científico en 1980 gracias al biólogo estadounidense Thomas Lovejoy (nacido en 1941). Un cuarto de siglo después, la Cumbre de la Tierra de Río lo popularizó entre el gran público; una vez afrancesado, se incorporó en 1994 al diccionario Larousse. Su connotación varía de una persona a otra, pero todos hablan de él para expresar su preocupación por la desaparición de numerosas especies, incluso microscópicas, que podría comprometer el equilibrio de la vida en la Tierra.