Nacimiento: ¡la Luna es inocente!
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Según una creencia muy extendida, el número de partos durante la luna llena es mucho mayor que el resto de los días. Es cierto que la influencia de la Luna en la vida terrestre es manifiesta; el fenómeno de las mareas es un ejemplo visible. Sin embargo, todos los estudios realizados en distintos países para investigar esta hipótesis han arrojado resultados negativos. En particular, un análisis llevado a cabo entre 1997 y 2001 en Carolina del Norte (Estados Unidos) sobre seiscientos mil nacimientos no halló ninguna correlación entre el número diario de partos y las fases de la Luna.
Entonces, ¿de dónde procede esta creencia tenaz, que las distintas desmentidas no parecen alterar? Sin duda, de la duración del ciclo lunar, de veintinueve días, muy próxima a la duración media del ciclo menstrual femenino… El astrónomo Jean-Luc Margot, de la Universidad de California en Los Ángeles, autor de un artículo muy documentado publicado en marzo de 2015 en Nursing Research, lo explica por lo que denomina un sesgo cognitivo: «La gente tiende a interpretar la información de una manera que confirma sus creencias e ignora los datos que las contradicen.»
El zodiaco y la precesión de los equinoccios
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La Tierra gira como una peonza: el eje polar, inclinado unos 23 grados respecto al plano de la eclíptica, por el que se desplaza nuestro planeta, describe un círculo en 25 760 años. ¡Así, Vega, en la constelación de la Lira, será la estrella polar dentro de doce mil años!
Se distinguen así el año sidéreo, que corresponde al tiempo que tarda la Tierra en dar una vuelta completa por su órbita, y el año tropical, que corresponde al regreso del punto vernal que define el comienzo de la primavera astronómica. El segundo es unos veintitrés minutos más corto; al cabo de 25 760 años, el desfase alcanza un año: la peonza ha dado una vuelta. Este fenómeno recibe el nombre de precesión de los equinoccios, pues cada año el punto vernal retrocede ligeramente sobre la órbita de la Tierra. Nuestro calendario, preocupado por mantener las estaciones, se basa en el año tropical.
A mediados del 1er milenio antes de nuestra era, los babilonios habían dividido la eclíptica (la parte del cielo por la que se mueve el Sol) en doce partes iguales, cada una con el nombre de una de las constelaciones que allí se encuentran. Esto permitió dividir también el propio año en doce. Aries, por ejemplo, corresponde al período del año durante el cual el Sol se encuentra en la parte de la eclíptica que lleva ese nombre. Sin embargo, nuestras denominaciones actuales se refieren a las posiciones observadas en la época de Ptolomeo, en el 2.º siglo de nuestra era. Debido a la precesión de los equinoccios, esto se desplaza una doceava parte de la eclíptica, es decir, aproximadamente un signo del zodiaco cada 2 150 años (una doceava parte de 25 760 años). Por ello, hoy los signos están desplazados y Aries comienza el 15 de abril, ¡no el 21 de marzo!
La astrología en los Que sais-je: ¡Montaigne habría perdido su latín!
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La célebre colección Que sais-je publica desde 1941 obras de divulgación escritas a menudo por especialistas. Al leer una de ellas, parece que el lector tiene garantizado un conocimiento sólido y bien documentado.
Sin embargo, en materia de astrología la colección ha dado muestras de mucha ligereza: tres publicaciones sucesivas, con el mismo título, l'Astrologie, han ofrecido visiones que iban de lo mejor a lo peor. El número 508 de la colección, publicado en 1951 y firmado por Paul Couderc, era notable. Situaba la astrología en el ámbito de las seudociencias y no dejaba ninguna duda sobre la vacuidad de los fundamentos racionales de esta disciplina. El autor, astrónomo reputado, obtuvo en 1966 el premio Kalinga de divulgación científica otorgado por la Unesco.
En 1989 apareció, con el mismo título, el número 2481, escrito por Suzel Fuzeau-Braesch. Aunque tenía un doctorado en química, esta mujer intentaba en vano dotar a la astrología de bases científicas.
En 1989 apareció, con el mismo título, el número 2481, escrito por Suzel Fuzeau-Braesch. Aunque tenía un doctorado en química, esta mujer intentaba en vano dotar a la astrología de bases científicas.
Ante el revuelo que esta publicación provocó en los círculos científicos, las ediciones Que sais-je pidieron a dos astrónomos, Daniel Kunth y Philippe Zarka, que escribieran una tercera obra. Apareció en 2005 y lleva el mismo título y el mismo número que la anterior. Sólida desde el punto de vista científico, pero menos crítica que la de Paul Couderc, trata de comprender por qué la astrología sigue despertando tanto interés.