Para estudiar una serie numérica, partimos de una sucesión (*un)n*≥0 de números (reales o complejos). La sucesión converge hacia un límite L si, para todo número ε, por pequeño que sea, existe un índice N a partir del cual la diferencia |*un – L| es menor que ε.*
De la sucesión a la serie convergente
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Para estudiar la convergencia de una serie se aplica el mismo principio. Se define la sucesión de sumas parciales Sn=∑k=0nuk y se comprueba si converge a un límite S que, si existe, es precisamente la suma de la serie.
Una condición necesaria para la convergencia de la serie Σ *un es que el término general un tienda a 0, pero la condición no es suficiente. El ejemplo más clásico es el de la serie armónica Σ 1/n*, que diverge, pues sus sumas parciales tienden a infinito.
Sin embargo, puede ocurrir que una serie de términos positivos diverja, pero que una serie formada por los mismos términos, precedidos de signos distintos (+ y –), pueda converger. Es, por ejemplo, el caso de las series alternadas (los signos + y – se alternan y los valores absolutos de sus términos decrecen). Para tales sucesiones, cuando el término general *un tiende a 0, aunque la serie Σ un diverja, la serie alternada Σ (‒1)nun converge. La más conocida es la serie armónica alternada Σ (‒1)n/n*, de la que se hablará mucho en este dossier.