En el ámbito militar o diplomático, conviene mantener en secreto la correspondencia. El descifrado de un solo mensaje puede decidir el desenlace de una batalla o una negociación. Así ocurrió en 1626, cuando las tropas del príncipe de Condé, que sitiaban Réalmont, interceptaron a un mensajero que salía de la ciudad con un mensaje incomprensible. Condé mandó llamar a un joven profesor de matemáticas de la región, Antoine Rossignol des Roches (1600–1682), que encontró su significado. El mensaje anunciaba que la ciudad se había quedado sin municiones. Condé hizo llevar a la ciudad el mensaje descifrado, y esta se rindió. ¡La batalla estaba ganada! El mensaje se había concebido probablemente mediante un alfabeto cifrado, en el que cada letra se sustituye por un símbolo, un sistema muy en boga en la época.
El descifrado se apoya tanto en las matemáticas como en la lingüística (véase nuestro artículo
En torno a las máquinas criptográficas). La debilidad de esta técnica, incluso mejorada cifrando de varias maneras las letras frecuentes y añadiendo nulos (es decir, símbolos que no significan nada), llevó a Rossignol a crear diccionarios cifrados: diccionarios bilingües en los que una de las lenguas es el francés y la otra, los números. Así, ya no se cifran solo letras —y de varias maneras—, como antes, sino también sílabas y palabras. El método de las frecuencias deja entonces de tener sentido, y el de la palabra probable resulta difícil de utilizar. Su principal inconveniente es su vulnerabilidad al espionaje o a los azares de la guerra…