El fenómeno de las mareas intrigó a los antiguos desde que algunos exploradores abandonaron la cuenca mediterránea y se aventuraron por las costas del Atlántico. El primero que realizó observaciones al respecto fue, probablemente, Piteas de Massalia. Hacia el año 325 antes de nuestra era, este astrónomo griego, natural de Massalia —la actual Marsella—, emprendió con fines científicos un viaje de varios meses hasta el norte de las islas Británicas y probablemente hasta Islandia. Ello le permitió advertir la existencia de dos mareas por día lunar y constatar variaciones de amplitud según las fases de la Luna.
Los primeros pasos científicos
-----------------------------------------
Durante casi dos mil años se propusieron diversas explicaciones fantasiosas, como la de los «torbellinos» de Descartes, pero, como explica Laplace en su Traité de mécanique céleste: «Newton fue el primero en ofrecer la verdadera teoría del flujo y reflujo del mar, vinculándola a su gran principio de la gravitación universal.» Citemos de nuevo al sabio normando para comprender la explicación newtoniana del fenómeno de las mareas: «La teoría de Newton apareció en 1687, en su Ouvrage des principes mathématiques de la philosophie naturelle. […] La verdadera explicación de este fenómeno se encuentra en las Proposiciones 26 y 27 del tercer Libro, donde Newton determina las fuerzas del Sol y de la Luna que ponen en movimiento las aguas del mar.»
Newton supone el globo terrestre enteramente cubierto de agua y estudia la forma que adoptaría esta masa de agua, por una parte en función de la acción de la Luna y, por otra, bajo la influencia del Sol. Para comprender bien su razonamiento, hay que entender que la atracción ejercida sobre el agua por cada uno de estos dos astros se debe a una diferencia de atracción entre el agua y el centro de la Tierra. Como la fuerza gravitatoria es proporcional a la inversa del cuadrado de la distancia, esta diferencia es máxima en la dirección del astro y en la opuesta.