El problema de determinar la velocidad de la luz ha preocupado a los científicos desde la Antigüedad. En su Discours concernant deux nouvelles sciences (publicado en Leiden en 1638), Galileo hizo balance de la cuestión poniendo en escena, con gran sentido pedagógico, al maestro Sagredo y a sus discípulos en un diálogo sumamente interesante (véase el recuadro) acerca de la naturaleza del método científico.
La intuición de John Michell
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La idea de que la velocidad de la luz es finita acabó imponiéndose a finales del 17.º siglo, a raíz de los trabajos del astrónomo danés Ole Christensen Rømer. Centrándose en los eclipses de los satélites de Júpiter (en 1675), el científico observó que las ecuaciones de Kepler daban predicciones que diferían ligeramente de las observaciones. Formuló entonces la hipótesis de que los desfases observados se debían a las posiciones relativas de la Tierra, Júpiter y el Sol, y atribuyó a la luz una velocidad finita c, aunque muy grande. Sus conjeturas, confirmadas por varias observaciones posteriores, le llevaron a una primera aproximación de c, de unos 220 000 km / s. Esta estimación fue afinada en 1728 por el astrónomo británico James Bradley (1693–1762), que la elevó a 301 000 km / s. Hoy conocemos la velocidad de la luz con gran precisión: c = 299 792 458 m / s en el sistema «MKS».