Érase una vez, hace muchísimo tiempo, en los arrabales de Badgag, un niño cuya picardía rivalizaba con su viveza: no conocía esa burla mordaz o cruel de la que los niños hacen uso con cierta perversidad, y las pullas y las flechas tampoco podían alcanzarlo.
Sin duda, y aunque no estaba excluido del mundo del juego, su corazón era puro; su corazón tenía la pureza de la luz.
Su corazón era puro y su curiosidad por el mundo, inmensa. Siempre abría mucho los ojos, dispuestos a descubrir algo nuevo, y por eso sus compañeros de juego le habían apodado Nordine, el de la mirada penetrante; algunos añadían: Penetrante hasta el fondo del corazón.
Nordine era un niño de lo más feliz hasta aquel día fatídico en que comienza el relato. Sí, aquel día Nordine se encuentra en casa de su tío Jaffar, a quien visita una vez por semana para recibir lecciones de moral. Ambos están sentados en el jardín, a la sombra de un ligero tamarisco que balancea sobre sus cabezas sus largas ramas sedosas, cubiertas de racimos rosa claro, y Nordine escucha con seriedad y atención las lecciones de su tío. Un tío extraño, a decir verdad, casi inquietante. Mientras Jaffar destila con voz meliflua sus pérfidos consejos, los sentidos despiertos de Nordine le permiten oír una conversación en susurros detrás del seto. No ve a quienes pronuncian esas palabras, pero puede oír una voz grave que habla con un joven interlocutor. Parecía una hermosa historia, apenas interrumpida por algunas exclamaciones ahogadas. Esto es lo que Nordine oye:
Verás, Mourad: érase dos veces, en una región remota de Mesopotamia, un hombre llamado Mehdi al que le gustaban los animales. Pero la desesperación se había apoderado del pobre hombre, y su pasión primero se había embotado y después se había desnaturalizado. Así, si seguía cultivándola, era siempre para obtener de ella algún provecho. Aquel año criaba a un monito al que había enseñado a entrar en las casas por pequeñas aberturas y a sustraer objetos de valor. Ciertamente, el mono y el hombre no conceden el mismo valor a las mismas cosas, pero el adiestrador había enseñado a su mono a reconocer las joyas y los objetos preciosos y a llevárselos: la recompensa, que se medía en plátanos, era proporcional a la cantidad de joyas devueltas, y el monito lo entendía muy bien. Ahora bien, un día, tras entrar a escondidas en una hermosa mansión que contenía múltiples tesoros, el monito reconoció en una mesita la cubierta de un pequeño libro, y aquella cubierta ilustrada representaba a un pequeño chacal. Sorprendido, nuestro mono dejó plantados sus asuntos y, como movido por un oscuro presentimiento, se sumergió en la lectura del libro. El aspecto fantástico de la narración lo cautivó de inmediato. Pues esto era lo que decía el libro: