Errores en serie
Nadie es perfecto, ni siquiera los mejores matemáticos en su propia disciplina. Es el caso de Cauchy, que cometió un error que hoy ningún estudiante se atrevería ya a cometer acerca de la convergencia de series de funciones.

Nadie es perfecto, ni siquiera los mejores matemáticos en su propia disciplina. Es el caso de Cauchy, que cometió un error que hoy ningún estudiante se atrevería ya a cometer acerca de la convergencia de series de funciones.

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Al comprimir una imagen, no solo se vuelve ligeramente borrosa, sino que, en las zonas de contraste, aparece una acentuación de la discontinuidad. Este fenómeno recibe el nombre de fenómeno de Gibbs, y para comprenderlo hay que recurrir a la descomposición de una onda en armónicos.

De Cauchy a Weierstrass, el rigor se impuso en el análisis a lo largo de todo el siglo XIX. Diversos contraejemplos echaron por tierra creencias erróneas y obligaron a definir mejor los distintos conceptos. Se introdujeron ciertas funciones «monstruosas», fascinantes para unos y repugnantes para otros.

Hasta comienzos del siglo XIX, todo parecía continuo. Con las series trigonométricas, las funciones discontinuas entraron en escena. Llevaron a Riemann a generalizar la noción de integral, impulsaron a Weierstrass a precisar la noción de continuidad y condujeron a Darboux a estudiar las funciones derivadas.

La igualdad entre dos números no plantea ninguna dificultad cuando ambos se definen mediante procedimientos «finitistas*». Pero en cuanto interviene el infinito, materializado por puntos suspensivos en las fórmulas, se abre la puerta a diversas paradojas. (* El finitismo es un enfoque de las matemáticas que solo tiene en cuenta objetos finitos.)
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