Esta ambiciosa enciclopedia demuestra precisamente eso. Pensemos en el dodecafonismo, el serialismo y su combinatoria, la importancia creciente de las estructuras, la corriente de música espectral posibilitada por los avances tecnológicos, la irrupción del azar o la herramienta informática. Pero la descomposición progresiva de la música en parámetros abstractos —ritmo, altura, intensidad, melodía, timbre, sistemas de notación, armonía, tonalidad, temporalidad, duración, efectos sonoros, escalas de tempos entre distintos instrumentos…— abrió otros horizontes. Las matemáticas fueron entonces convocadas a veces, más allá de la aritmética elemental, las codificaciones semánticas, las representaciones gráficas, las simetrías o las transformaciones. Una cierta obsesión por el número o el espacio llevó a Ivan Wyschnegradsky al ultracromatismo, a John Cage a su método de la raíz cuadrada y a Dennis Gabor a su síntesis granular de sonidos. Milton Babbitt y Allen Forte revisitaron la teoría de conjuntos. Lejaren Hiller utilizaba las cadenas de Markov. Armando Gentilucci recurría al álgebra lineal y a las matrices. En Francia surgió una corriente estocástica de composición. La música electroacústica concede un lugar destacado al análisis armónico, la algorítmica y las teorías de Fourier —filtrado, modulación, convolución—, de la señal y de la información —síntesis modular, muestreo musical…—. El teórico Ian Quinn moviliza la teoría de conjuntos difusos para analizar una obra de Steve Reich. Esta búsqueda de «leyes universales» para la composición se analiza pormenorizadamente, con abundantes ejemplos, en unos setenta capítulos apasionantes y cuidadosamente redactados.
Teorías de la composición musical en el siglo XXe. Colectivo, bajo la dirección de Nicolas Donin y Laurent Feneyrou, Symétrie, 1 830 páginas, 2013, 220 euros (tomo I), 190 euros (tomo II).