Entre diez mil moléculas de aire seco se cuentan cuatro moléculas de dióxido de carbono. Hace un siglo había una menos: el aumento es del 33 %, sin duda, pero sobre un valor muy bajo. Pueden sumarse a ellas hasta quinientas moléculas de vapor de agua.
Las moléculas de agua y de dióxido de carbono están compuestas por al menos dos átomos diferentes (dos átomos de hidrógeno H y un átomo de oxígeno O forman una molécula de agua, H 2O; un átomo de carbono C y dos átomos de oxígeno forman una molécula de dióxido de carbono, CO2). Las vibraciones de estas moléculas absorben la radiación térmica de la Tierra a frecuencias específicas, 20 y 70 THz (terahercios, es decir, 1012 hercios) en el caso del CO2.
¿Es demasiado que haya una molécula adicional de CO2 entre diez mil o diez mil quinientas, atribuida a más de un siglo de combustión de carbón, y después de petróleo y gas natural? Este aumento permite, por ejemplo, reforzar, mediante la fotosíntesis, el papel del CO2 como nutriente de una vegetación necesitada de su nutriente favorito. En treinta y tres años, este aporte ha enriquecido el planeta con el equivalente a un sexto continente verde, cuya superficie alcanza el equivalente de dieciocho millones de kilómetros cuadrados, más de treinta veces la Francia metropolitana. El beneficio para la humanidad en términos de crecimiento de plantas alimenticias se ha cifrado en tres billones de euros entre 1961 y 2011. Lejos de ser un «contaminante» injustamente vilipendiado, el CO2 es un fertilizante gratuito, beneficioso para la vegetación y las cosechas.
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