Arquímedes es quizá el mayor genio de las matemáticas griegas (véase
Tangente 150, 2013). Vivió en el 3
.er siglo antes de nuestra era y pasó la mayor parte de su vida en su Siracusa natal, quizá realizando algunos viajes a Alejandría y manteniendo correspondencia con los matemáticos de su tiempo para informar a la comunidad científica de sus descubrimientos. De él se recuerda el grito
«¡Eureka!» o la frase
«Dadme un punto de apoyo y levantaré el Mundo»; sin embargo, estas citas no aparecen en su obra y fueron recogidas por autores muy posteriores a él —Plutarco y Papo, en este caso—. En cambio, se conservan muchos trabajos originales en los que Arquímedes despliega todo su genio: aproximación y acotación de π, cálculos de conmensurabilidad sobre un rompecabezas —el Stomachion—, variaciones sobre el arbelo, cuadratura de la parábola, relación entre los volúmenes de una esfera y un cilindro. Este último resultado era del que más orgulloso estaba, hasta el punto de pedir que figurasen una esfera y un cilindro en su tumba; ello permitió a Cicerón reconocerlo, cuando los siracusanos ya lo habían olvidado. Uno de los resultados que quizá mejor demuestra el genio propio de Arquímedes es la
cuadratura de la espiral, es decir, la determinación de la superficie engendrada por una espiral durante su primera vuelta.