La recompensa suprema para un científico, pero sobre todo la más prestigiosa, es hoy el premio Nobel. El sabio sueco Alfred Nobel (1833-1896), inventor de la dinamita y representado más arriba, había legado en su testamento treinta y dos millones de coronas —¡una fortuna para la época!— para distinguir a uno o varios científicos en física, química y medicina. Quizá para dejar una buena imagen de sí mismo, también quiso que se concediera un premio de literatura y otro a quien trabajase por la paz en el mundo. Así, desde 1901, estos galardones ponen de relieve a las grandes figuras de la ciencia, y cada nación se enorgullece cada vez que uno de los suyos los recibe. Sin embargo, hay una carencia crucial: la disciplina científica más antigua, aquella en la que se basan la mayoría de las demás ciencias, está ausente de este reparto. Al respecto circulan las leyendas más disparatadas. Una de ellas persiste: la esposa de Nobel habría engañado a su marido con el matemático sueco Gösta Mittag-Leffler. Solo hay una objeción a esta historia, y de peso: ¡Nobel permaneció soltero!
La medalla Fields
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Ante esta carencia manifiesta, el matemático canadiense John Charles Fields propuso, en el congreso de Toronto de 1924, crear una medalla que recompensara a jóvenes matemáticos (véase Tangente 149). Su objetivo era brindar apoyo y reconocimiento a quienes ya hubieran realizado contribuciones importantes. Sin embargo, las dos primeras medallas Fields no se concedieron hasta cuatro años después de su muerte, en el congreso de Oslo de 1936. La primera comisión estuvo presidida por Francesco Severi y compuesta por Élie Cartan, George Birkhoff, Constantin Carathéodory y Teiji Takagi. Distinguió al matemático finlandés Lars Valerian Ahlfors (1907-1996) por sus trabajos sobre la teoría de funciones y al estadounidense Jesse Douglas (1897-1965) por la resolución del problema de Plateau, que consiste en hallar la superficie de área mínima delimitada por una curva alabeada cerrada sin puntos dobles. Interrumpida por la guerra, la entrega de medallas se reanudó en 1950, en el congreso de Harvard, que homenajeó al francés Laurent Schwartz (1915-2002) y al noruego Atle Selberg (1917-2007).