Las ceremonias de entrega de premios al final del curso escolar eran fiestas que evocaban los trajes de los domingos, a las madres con sombrero y velo, los largos y numerosos discursos republicanos, el fomento de la lectura y la revancha del alumno premiado, que superaba las desigualdades de fortuna y condición social. Hoy no son más que reliquias desaparecidas en el torbellino de Mayo del 68. Pero ya antes las cuestionaban algunos ministros, que estigmatizaban un individualismo excesivo: así, el Concours général fue suprimido en 1904 —y restablecido en 1921—, con el argumento de que la preparación metódica de los alumnos con más probabilidades de obtener premios se hacía en detrimento de los demás.
El ritual anual de la entrega de premios no volverá: hoy parece imposible imaginar que obtener un premio pueda ser un motivo de superación personal en el ámbito escolar. Pero la desaparición de la ceremonia plantea la cuestión de lo que llamamos elitismo.
La igualdad no es nivelar por abajo
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