Todos hemos leído a Sherlock Holmes y nos hemos asombrado de sus métodos, que él mismo califica de deductivos. ¿Acaso el propio Conan Doyle no tituló el capítulo II de la primera aventura de su héroe, Estudio en escarlata, «The Science of Deduction»? Pero ¿qué hay de cierto en ello? ¿Son realmente deductivos los razonamientos del rey de los detectives (privados)?
Para responder a estas preguntas, no está de más un poco de historia. La enseñanza de la filosofía en la Edad Media, impregnada de religión, seguía los principios de la escolástica (una forma particular de ociosidad, σχολ? en griego significa «ocio»), con el propósito declarado de buscar un acuerdo entre revelación y razón, de conciliar la teología cristiana con la filosofía griega y, en particular, con la del ecléctico Aristóteles. Los razonamientos se basaban, entre otras cosas, en la formulación de silogismos y se apoyaban en los escritos de los autores antiguos, como si toda verdad debiera estar contenida en los viejos libros. El principio del razonamiento silogístico es bien conocido: partiendo de una premisa general y situándose en un caso particular que puede verse como una segunda premisa, se deduce que lo verdadero en el caso general también lo es en ese caso particular. Larousse ofrece una representación sintética elemental: «Si todo B es A y todo C es B, entonces todo C es A.»
Este tipo de razonamiento representa el procedimiento deductivo. El Petit Larousse, una vez más, define con exactitud la deducción: «Procedimiento intelectual que parte de premisas y llega a una conclusión.»
¡El razonamiento deductivo no inventa nada!
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