Todo empieza, pues, con piedras. ¿Piedras? Son nuestras ideas, las que darán lugar a una sospecha que después nos permitirá pasar de lo particular a lo general. Aquí no hay realmente «razonamiento», en el sentido estricto del término, sino un proceso subyacente, un «razonamiento» en la sombra, más bien una intuición, la primera piedra del edificio. Será la base de una «forma difusa» de razonamiento: la
inducción, que permitirá formular una conjetura a partir de varios casos concordantes. Esta dará lugar posteriormente a una demostración… o a un contraejemplo. Si buscamos, por ejemplo, el conjunto de puntos P desde los que se «ve» un segmento [AB] dado bajo un ángulo recto, construiremos algunos de esos puntos y tendremos la idea de que se desplazan sobre una circunferencia de diámetro [AB]… algo que, por supuesto, aún habrá que demostrar (véase
les Angles, Bibliothèque Tangente 53, 2015). Así hemos «sospechado» la verdad sin haber realizado el menor razonamiento formal.