Comprender la forma del planeta en el que vivimos y representarla después es una aventura que se remonta a la más remota Antigüedad. En cada etapa, el modelo se ha perfeccionado y se ha aproximado al que tenemos hoy: el geoide.
Ya en el siglo VI antes de nuestra era, filósofos y matemáticos se plantearon la cuestión de la forma de la Tierra. Sus respuestas fueron evolucionando a lo largo de los siglos y, con ellas, gracias a los avances de las técnicas geométricas, surgieron distintas representaciones de nuestro planeta.
Las primeras formas imaginarias
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En las civilizaciones antiguas (Egipto, Babilonia, Persia, la Grecia arcaica, India y China), encontramos formas imaginarias de la Tierra: plana —rectangular o cuadrada, a veces circular—, flota sobre las aguas bajo un cielo hemisférico. En el 5.º siglo antes de nuestra era aparece una nueva concepción de la forma de nuestro planeta, fundada en las observaciones astronómicas y en la geometría.
El matemático griego Tales (hacia −625; hacia −546) imagina que la Tierra es un disco que flota sobre una extensión de agua, mientras que el universo es una burbuja de aire sobre todo ello. Por la misma época, Anaximandro de Mileto (hacia −610; hacia −546) contradice esta teoría: no, la Tierra no es plana, sino que tiene forma de cilindro y flota en el espacio; su cara superior, rodeada de agua, constituye nuestro mundo habitable. Un siglo más tarde, Pitágoras —célebre no solo por «su» famoso teorema— afirma por primera vez que la Tierra es esférica; así lo sostiene también su discípulo Parménides, que transmite esta teoría. Un siglo después, el filósofo Aristóteles (−384; −322), al observar los eclipses de Luna, cree poder demostrar que la Tierra tiene forma esférica. Después llega Eratóstenes (hacia −273; hacia −192), quien, puesto que la Tierra es una esfera, inventa un ingenioso método para calcular su radio.