Su sencillez la hace muy manejable, incluso para los más jóvenes. Su carácter inesperado sigue sorprendiendo: ¿cómo imaginar que pudiera existir una relación global tan elemental entre los componentes de un poliedro? Por último, transforma problemas de geometría en problemas de aritmética, tendiendo un maravilloso puente entre dos mundos. Sin duda, ¡la fórmula de Euler es bella!
De hecho, es tan sencilla que el propio Euler se sorprendió de que no se conociera ya. Johannes Kepler (1571–1630), gran aficionado a los poliedros e interesado en la numerología, ¿pudo no advertirla? Quizá, porque dos de sus nuevos poliedros, los erizos de Kepler, no cumplen la fórmula mágica… Sin embargo, la intuición de Euler era acertada: en Francia, Descartes la había, si no descubierto, al menos presentido.
Descartes, el precursor ============================