Alexandre Grothendieck es reconocido como un matemático genial. No convendría olvidar que su práctica matemática está íntimamente ligada a una estética del lenguaje, que consiste en decir lo no dicho, ya se trate de conceptos matemáticos o de relaciones humanas.
Al oeste de las matemáticas, cuando la leyenda es más bella que la realidad, se prefiere la leyenda. Así ocurre con la de Alexandre Grothendieck. Se le han dedicado innumerables obras, y no se trata aquí de hacer un resumen imposible de ellas. Solo queremos detener nuestra mirada en algunos detalles de un inmenso fresco para detectar en ellos algunos momentos de la búsqueda incesante de un lenguaje.

Una infancia en lo indecible

La infancia de Grothendieck es ya la búsqueda de un nombre. Nacido en Berlín en 1928 como Alexander Raddatz, apellido del compañero de su madre, Johanna Grothendieck, pasaría a ser Alexander Grothendieck-Raddatz antes de llevar el nombre de Alexander Grothendieck. Apátrida en Francia, elegiría después el nombre de Alexandre al adquirir la nacionalidad francesa. El apellido de su padre legítimo y biológico era Schapiro, apellido judío que Alexandre nunca llevó en aquella Alemania nazi. Su padre fue asesinado en Auschwitz, probablemente a finales de 1942. Su madre había escrito, antes de la penúltima guerra, una extensa novela autobiográfica, Eine Frau (« Una mujer »), que Alexandre utilizaría a menudo como recordatorio de su infancia. En La clef des songes, Alexandre cita este grito de su madre: « Puedo hacer lo que quiera. » Este intento inacabado de autobiografía, que el propio Alexandre juzgaba con bastante severidad, quizá siguió siendo para él a la vez un contraejemplo y un estímulo para escribir.
Deambulando entre hogares de acogida y centros colectivos en aquella medianoche del siglo, Alexandre evoca, en Récoltes et Semailles, sus primeros vínculos con los lenguajes: « Estaba la magia de los números y las palabras, de los símbolos y los sonidos, y también de los ritmos [..] En los ritmos, parecía haber un misterio que iba más allá de las palabras […] Hubo un tiempo en que solo hablaba en ritmo. »